El caso es que a finales de Enero yo ya estaba en la 5º planta del Hospital de Galdakano, la cual estaba destinada a enfermos de riñón. Y es que aunque yo tuviera muchos problemas de salud por aquel entonces, el más importante era al que menos atención le había prestado. Para aquel entonces mis riñones habían dejado de funcionar completamente y yo estaba enchufado a una maquina que hacia la función de mis riñones. Ellos llamaban diálisis a aquella enorme maquina que sacaba mi sangre, la pasaba por una especie de filtro y volvía a metérmela en el cuerpo. Yo, sin embargo, no sabía prácticamente nada de aquello todavía.
Para aquel entonces la mayor preocupación de los médicos era por una parte la diálisis y por otra las miles de heridas que me habían quedado por todo el cuerpo y que no terminaban de cicatrizar. Todas las mañanas venia una enfermera a ponerme todo tipo de pomadas, gasas y vendas por todo el cuerpo para que las heridas fueran cicatrizando. Las peores eran las que tenía en la espalda, y en toda la parte de atrás del cuerpo. Eran heridas por presión, de estar boca arriba quieto en una cama. Eran heridas muy profundas y bastante dolorosas. Todavía conservo las enormes cicatrices que me han quedado de aquellas heridas llamadas “escaras”.
Estuve 3 meses en la 5º planta del Hospital de Galdakano y en esos meses convertí aquella habitación 505 en la habitación de mi casa. Se lleno de mis adornos, de mi ropa e incluso de mi tele. Aquello era algo ilegal pero estando 3 meses en una habitación, no era muy normal tener que pagar 1€ por cada hora que veía la tele, habría gastado los ahorros de toda mi familia. Por suerte, estaba solo en aquella habitación, no había más enfermos. Mi madre aprovecho y durmió conmigo todos los días en la cama de al lado aunque luego por el día mis familiares se iban turnando para que no me quedara nunca solo. Aquello es algo que agradezco enormemente ya que si no hubiera sido así, me hubiera muerto del asco entre aquellas 4 paredes.
Simultáneamente a mi estancia en el Hospital, mis padres y mi hermano hicieron la mudanza de mi casa. Habíamos comprado una nueva casa con jardín y terraza y nos la daban ese mes de Abril. Tenía unas ganas inmensas de ver mi nueva habitación y de vivir en una casa nueva. Ni siquiera tendría la posibilidad de despedirme de mi casa anterior pero eso daba igual, en el momento en que me dieran el alta iría a la casa nueva encantado. Añoraba el aire de la calle y sentir el viento en mi cara. Es algo que no echas en falta cuando lo vives cada día, pero cuando llevas medio año dentro de un hospital, darías lo que fuera por ello.
Vivía el día a día con la esperanza de salir de aquellas 4 paredes y de poder sentirme una persona libre, porque en aquel entonces, no lo era. Era una persona atada a una maquina que tenía que limpiar su sangre y aparte de eso, ni siquiera podía andar. No tenia piernas ni tampoco tenía ninguna esperanza de poder volverlo a hacer nunca. Aquella silla de ruedas que había al lado de mi cama seria mi eterna compañera pero yo me negaba a creerme aquella pesadilla. De todos modos no era algo en lo que me gustara pensar asique me centraba en ver la televisión día y noche y mantener la cabeza ocupada en la medida de lo posible. La solución era vivir el día a día y dejar de pensar en el negro futuro que me esperaba, y lo conseguí. Me acostumbre a la vida de hospital y prácticamente olvide como se vivía fuera de allí. No fue fácil habituarse a vivir en una cama, mirando al techo y dependiendo de que una persona te acerque todo lo que necesitas, pero hay que hacerlo cuando no tienes otra posibilidad.
Leyendo esto, puede que pienses que soy una persona muy fuerte, con una gran fuerza de voluntad. Pero no lo soy. Cualquiera en mi situación habría hecho lo que yo, por el simple motivo de que en esa situación no te queda otra. No vas a suicidarte, hay que tener mucho valor y muy poco cerebro para hacer algo así. No hay otra salida que luchar por mejorar tus condiciones de vida y por demostrarle al destino que se equivoco en la persona a la que quiso matar y no pudo, porque esa persona va a salir adelante y va a recuperar su vida en la medida que sus fuerzas se lo permitan. Esa es la única mentalidad que puedes adoptar cuando tienes una situación de este estilo, la única que algún día podrá sacarte del agujero en el que alguien te metió equivocadamente.
Retomando la vida de hospital de aquellos días, recuerdo miles de anécdotas con médicos y enfermeras. Nunca olvidare, por ejemplo, las tres palomas que se posaban al lado de mi ventana mañana tras mañana y a las que envidiaba porque podían volar a donde quisieran. Tampoco olvidare el ir y venir de gente en el pasillo. Los padres que agonizaban porque sus hijos llevaban ingresados en la habitación de al lado 2 días, cuando yo llevaba allí meses y ni siquiera sabía cuantos meses más me quedarían allí adentro. Los niños enfermos iban y venían y yo seguía allí, en la 505 del hospital de Galdakano durmiendo con mi madre noche tras noche. Aunque a veces se turnara con mi hermano o mi padre para darla un pequeño descanso más que merecido y que pudiera ir a ducharse a casa. Estoy seguro de que el desgaste mental de mi madre durante aquellos meses fue mucho mayor al mío durante toda mi enfermedad.
Por las mañanas, mis familiares se turnaban para intentar hacerme pasar las horas lo más rápidamente posible. Me traían películas, revistas, libros y regalos. A día de hoy tengo dos baldas llenas de libros en mi habitación que ni siquiera he leído y que me regalaron durante mi estancia en el hospital. La hora de comer era hacia la una del mediodía, muy pronto para mi gusto, acostumbrado a comer más cerca de las tres. Además, la comida del hospital tampoco ayudaba demasiado. Todo el mundo sabe que la comida del hospital deja bastante que desear, pero deja más aun cuando llevas comiéndola meses. Los platos empiezan a repetirse y antes de abrir la bandeja sabes perfectamente que hay de comer sin que te lo digan. A veces mi madre o mi abuela me hacían la comida en casa, mis platos preferidos. Después los guardaban en un tupper y me los llevaban al hospital. Todo valía para sacarme una sonrisa tumbado en aquella maldita cama.
Las tardes se hacían más largas, intentaba dormir la siesta para que se pasaran unas cuantas horas, pero cuando no lo conseguía, lo pasaba realmente mal. Terminas cansándote de ver la tele, de leer e incluso de hablar con los familiares. Llega un momento en el que has hecho todo lo que se te ocurre que puedes hacer tumbado en una cama y que empiezas a darle vueltas a cosas que no debes. Empiezas a pensar en el futuro, y cuando el futuro es gris, te entran ganas de llorar, o simplemente te pones de mal humor. No recuerdo haber llorado ningún día, no quería hacerlo porque sabía que si me caía una lagrima me caerían mil. Asique opte por la segunda opción y el objetivo de mi mal humor era la persona que estaba conmigo: normalmente mi madre. La trataba muy mal, la gritaba y la criticaba por el menor detalle que no me gustaba. El problema era que me daba cuenta de ello después de hacerlo. Me arrepentía muchísimo, pero no podía evitarlo cuando me sentía enclaustrado entre esas cuatro paredes. Era una sensación muy frustrante.
Mi hermano solía ir a visitarme hacia las 8 de la tarde, hasta que terminaba la hora de visitas, cerca de las 9 y media de la noche, la hora de cenar. Aquella hora y media era mi mejor momento del día. El me hacia reír como nadie y me contaba las anécdotas del día. Me pasaba el día esperando aquel rato que luego recordaría cuando él se iba a cenar a casa. Además, yo sabía que hacía muchos esfuerzos para poder sacar ese rato libre por la tarde y visitarme a diario, y eso le daba a sus visitas un mayor valor. El estaba tan deprimido como todos e incluso estuvo a punto de dejar la carrera cuando yo estaba ingresado en la UCI. Gracias a dios no lo hizo, me habría sentido culpable de ello toda la vida si hubiera decidido dejarla.
Cuando mi hermano se iba, llegaba el peor momento del día. Me quedaba a solas con mi madre, con la perspectiva de la cena incomible que llegaba pocos minutos después y la de la noche interminable que había por delante. A la hora de cenar me ponía siempre de mal humor y terminaba viendo la televisión intentando que me entrara el sueño, aunque era imposible. Apagaban la televisión a las 12 de la noche y normalmente me perdía el final de todas las series que empezaba a ver a las 10. Me daba mucha rabia pero eran las normas del hospital. Además, a partir de las 10, la televisión solo se podía oír con unos auriculares, para no despertar al resto de enfermos. Aun así, yo desarrolle una especie de truco con el mando a través del cual podía escuchar la televisión de manera normal hasta las 12 de la noche. Eran muchas noches viendo la televisión en aquella habitación…
Mi estado se fue estabilizando y las heridas iban cicatrizando. Yo me sentía bien, con ganas de salir ya de aquel infierno, y sin embargo cuando preguntaba a algún médico cuanto tiempo más tendría que estar allí, ninguno sabia darme una respuesta. Lo que me hacia indicar que el final del túnel no estaba cerca y que me quedaban muchas más noches en vela y mañanas mirando palomas en el alfeizar de la ventana. Empecé a perder la esperanza de salir de allí algún día y me empecé a obsesionar con que me sentía encerrado allí adentro. Cada vez tenia más ganas de salir, ya que anteriormente yo me sentía mal físicamente y era consciente de que no podía irme a mi casa en ese estado. Sin embargo, al encontrarme mejor, no podía evitar pensar en que estaba suficientemente bien para irme a mi casa, aunque no lo estuviera.
Un día los médicos me dijeron que tendría que empezar a ir al gimnasio del hospital a hacer rehabilitación. Aquello era una buena noticia, algo nuevo en una rutina infernal, una luz en la oscuridad absoluta. Fui muy ilusionado a la primera sesión y conocí al que sería mi fisioterapeuta los próximos meses. Se llamaba Joseba y era ciego. Para mí fue impresionante su manera de ver la vida y de afrontarla con su discapacidad. Se desenvolvía como cualquier otro fisioterapeuta y bromeaba con todo aquel que se le pusiera por delante, era una persona feliz. Aprendí mucho de él, y creo que el también aprendió mucho de mí. Me metió en la cabeza la idea de que algún día yo sería un chaval más y que volvería a andar y a correr con mis amigos, y me lo creí.
A parte de la rehabilitación, cada dos días tenía que pasar una tarde entera en diálisis. Aquello era lo peor de toda mi estancia en la 5º planta del hospital. Lo pasaba realmente mal y muchas veces me mareaba o me bajaba mucho la tensión. Eran unas sesiones muy agresivas para mi cuerpo de 42kg. Allí todo eran ancianos, como en el resto del hospital, y todo el personal sanitario me tenía un especial cariño por tener 14 años y llenarles de sonrisas las tardes de trabajo. Eran 5 horas conectado a una maquina que me parecían días y días. Normalmente ni siquiera podía dormirme para que esas 5 horas pasaran más rápido y ni las partidas al ajedrez con mi padre ni las revistas o periódicos hacían que olvidara por un momento que aquella maquina estaba sacando toda mi sangre de mi cuerpo y filtrándola como tendrían que hacer unos riñones que no me funcionaban.
En todo aquel tiempo que pase en la 5º planta del hospital, apenas recibí media docena de visitas de mis amigos. Y lo más triste de todo es que ninguna fue de los que se suponía que eran mis amigos de verdad, aquellos con los que salía los fines de semana a jugar a videojuegos al ciber. Me di cuenta de que no tenía amigos, y cuando digo amigos me refiero a amigos de verdad. Mis padres nunca me dijeron nada acerca de ellos ni me preguntaron a ver porque no venían, pero estoy seguro de que lo pensaron y de que también sabían que si me preguntaban eso no iba a saber responderles. Pero las cosas eran así, y había que aceptarlas como eran. Los amigos de verdad dan la cara en los momentos difíciles, y ellos no lo hicieron.
Vinieron a visitarme compañeros de clase con los que prácticamente no tenía amistad y que me demostraron ser unas excelentes personas por el simple hecho de interesarse por mí. También vinieron mis amigos de taekwondo, aquellos con los que pasaba grandiosas tardes muy de vez en cuando y con los que había compartido tantas horas de esfuerzo y sacrificio entrenando. Horas que nunca más podría compartir y que echaría de menos el resto de mi vida.
Después de 6 meses que parecieron 6 años ingresado en el hospital, y después de que atrasaran la fecha de mi alta médica en más de tres ocasiones, llego el día en el que el médico me dijo que finalmente, en una semana me darían el alta y podría ir a mi casa. Tendría que seguir hospitalizado, pero en la cama de mi casa y comiendo la comida que me preparara mi madre. Las enfermeras vendrían a mi casa y seguirían curándome las numerosas heridas que aun no habían cicatrizado y tendría que seguir tomando el cocktail de pastillas a todas horas. Tendría que seguir asistiendo a diario al gimnasio del hospital para seguir con mi rehabilitación y sobre todo, tendría que seguir yendo a diálisis hasta que encontraran un riñón compatible con el mío para poder trasplantármelo. Pero me iría a casa, y dejaría de ver a las palomas. Era una libertad a medias.