El caso es que a finales de Enero yo ya estaba en la 5º planta del Hospital de Galdakano, la cual estaba destinada a enfermos de riñón. Y es que aunque yo tuviera muchos problemas de salud por aquel entonces, el más importante era al que menos atención le había prestado. Para aquel entonces mis riñones habían dejado de funcionar completamente y yo estaba enchufado a una maquina que hacia la función de mis riñones. Ellos llamaban diálisis a aquella enorme maquina que sacaba mi sangre, la pasaba por una especie de filtro y volvía a metérmela en el cuerpo. Yo, sin embargo, no sabía prácticamente nada de aquello todavía.

Para aquel entonces la mayor preocupación de los médicos era por una parte la diálisis y por otra las miles de heridas que me habían quedado por todo el cuerpo y que no terminaban de cicatrizar. Todas las mañanas venia una enfermera a ponerme todo tipo de pomadas, gasas y vendas por todo el cuerpo para que las heridas fueran cicatrizando. Las peores eran las que tenía en la espalda, y en toda la parte de atrás del cuerpo. Eran heridas por presión, de estar boca arriba quieto en una cama. Eran heridas muy profundas y bastante dolorosas. Todavía conservo las enormes cicatrices que me han quedado de aquellas heridas llamadas “escaras”.

Estuve 3 meses en la 5º planta del Hospital de Galdakano y en esos meses convertí aquella habitación 505 en la habitación de mi casa. Se lleno de mis adornos, de mi ropa e incluso de mi tele. Aquello era algo ilegal pero estando 3 meses en una habitación, no era muy normal tener que pagar 1€ por cada hora que veía la tele, habría gastado los ahorros de toda mi familia. Por suerte, estaba solo en aquella habitación, no había más enfermos. Mi madre aprovecho y durmió conmigo todos los días en la cama de al lado aunque luego por el día mis familiares se iban turnando para que no me quedara nunca solo. Aquello es algo que agradezco enormemente ya que si no hubiera sido así, me hubiera muerto del asco entre aquellas 4 paredes.

Simultáneamente a mi estancia en el Hospital, mis padres y mi hermano hicieron la mudanza de mi casa. Habíamos comprado una nueva casa con jardín y terraza y nos la daban ese mes de Abril. Tenía unas ganas inmensas de ver mi nueva habitación y de vivir en una casa nueva. Ni siquiera tendría la posibilidad de despedirme de mi casa anterior pero eso daba igual, en el momento en que me dieran el alta iría a la casa nueva encantado. Añoraba el aire de la calle y sentir el viento en mi cara. Es algo que no echas en falta cuando lo vives cada día, pero cuando llevas medio año dentro de un hospital, darías lo que fuera por ello.

Vivía el día a día con la esperanza de salir de aquellas 4 paredes y de poder sentirme una persona libre, porque en aquel entonces, no lo era. Era una persona atada a una maquina que tenía que limpiar su sangre y aparte de eso, ni siquiera podía andar. No tenia piernas ni tampoco tenía ninguna esperanza de poder volverlo a hacer nunca. Aquella silla de ruedas que había al lado de mi cama seria mi eterna compañera pero yo me negaba a creerme aquella pesadilla. De todos modos no era algo en lo que me gustara pensar asique me centraba en ver la televisión día y noche y mantener la cabeza ocupada en la medida de lo posible. La solución era vivir el día a día y dejar de pensar en el negro futuro que me esperaba, y lo conseguí. Me acostumbre a la vida de hospital y prácticamente olvide como se vivía fuera de allí. No fue fácil habituarse a vivir en una cama, mirando al techo y dependiendo de que una persona te acerque todo lo que necesitas, pero hay que hacerlo cuando no tienes otra posibilidad.

Leyendo esto, puede que pienses que soy una persona muy fuerte, con una gran fuerza de voluntad. Pero no lo soy. Cualquiera en mi situación habría hecho lo que yo, por el simple motivo de que en esa situación no te queda otra. No vas a suicidarte, hay que tener mucho valor y muy poco cerebro para hacer algo así. No hay otra salida que luchar por mejorar tus condiciones de vida y por demostrarle al destino que se equivoco en la persona a la que quiso matar y no pudo, porque esa persona va a salir adelante y va a recuperar su vida en la medida que sus fuerzas se lo permitan. Esa es la única mentalidad que puedes adoptar cuando tienes una situación de este estilo, la única que algún día podrá sacarte del agujero en el que alguien te metió equivocadamente.

Retomando la vida de hospital de aquellos días, recuerdo miles de anécdotas con médicos y enfermeras. Nunca olvidare, por ejemplo, las tres palomas que se posaban al lado de mi ventana mañana tras mañana y a las que envidiaba porque podían volar a donde quisieran. Tampoco olvidare el ir y venir de gente en el pasillo. Los padres que agonizaban porque sus hijos llevaban ingresados en la habitación de al lado 2 días, cuando yo llevaba allí meses y ni siquiera sabía cuantos meses más me quedarían allí adentro. Los niños enfermos iban y venían y yo seguía allí, en la 505 del hospital de Galdakano durmiendo con mi madre noche tras noche. Aunque a veces se turnara con mi hermano o mi padre para darla un pequeño descanso más que merecido y que pudiera ir a ducharse a casa. Estoy seguro de que el desgaste mental de mi madre durante aquellos meses fue mucho mayor al mío durante toda mi enfermedad.

Por las mañanas, mis familiares se turnaban para intentar hacerme pasar las horas lo más rápidamente posible. Me traían películas, revistas, libros y regalos. A día de hoy tengo dos baldas llenas de libros en mi habitación que ni siquiera he leído y que me regalaron durante mi estancia en el hospital. La hora de comer era hacia la una del mediodía, muy pronto para mi gusto, acostumbrado a comer más cerca de las tres. Además, la comida del hospital tampoco ayudaba demasiado. Todo el mundo sabe que la comida del hospital deja bastante que desear, pero deja más aun cuando llevas comiéndola meses. Los platos empiezan a repetirse y antes de abrir la bandeja sabes perfectamente que hay de comer sin que te lo digan. A veces mi madre o mi abuela me hacían la comida en casa, mis platos preferidos. Después los guardaban en un tupper y me los llevaban al hospital. Todo valía para sacarme una sonrisa tumbado en aquella maldita cama.

Las tardes se hacían más largas, intentaba dormir la siesta para que se pasaran unas cuantas horas, pero cuando no lo conseguía, lo pasaba realmente mal. Terminas cansándote de ver la tele, de leer e incluso de hablar con los familiares. Llega un momento en el que has hecho todo lo que se te ocurre que puedes hacer tumbado en una cama y que empiezas a darle vueltas a cosas que no debes. Empiezas a pensar en el futuro, y cuando el futuro es gris, te entran ganas de llorar, o simplemente te pones de mal humor. No recuerdo haber llorado ningún día, no quería hacerlo porque sabía que si me caía una lagrima me caerían mil. Asique opte por la segunda opción y el objetivo de mi mal humor era la persona que estaba conmigo: normalmente mi madre. La trataba muy mal, la gritaba y la criticaba por el menor detalle que no me gustaba. El problema era que me daba cuenta de ello después de hacerlo. Me arrepentía muchísimo, pero no podía evitarlo cuando me sentía enclaustrado entre esas cuatro paredes. Era una sensación muy frustrante.

Mi hermano solía ir a visitarme hacia las 8 de la tarde, hasta que terminaba la hora de visitas, cerca de las 9 y media de la noche, la hora de cenar. Aquella hora y media era mi mejor momento del día. El me hacia reír como nadie y me contaba las anécdotas del día. Me pasaba el día esperando aquel rato que luego recordaría cuando él se iba a cenar a casa. Además, yo sabía que hacía muchos esfuerzos para poder sacar ese rato libre por la tarde y visitarme a diario, y eso le daba a sus visitas un mayor valor. El estaba tan deprimido como todos e incluso estuvo a punto de dejar la carrera cuando yo estaba ingresado en la UCI. Gracias a dios no lo hizo, me habría sentido culpable de ello toda la vida si hubiera decidido dejarla.

Cuando mi hermano se iba, llegaba el peor momento del día. Me quedaba a solas con mi madre, con la perspectiva de la cena incomible que llegaba pocos minutos después y la de la noche interminable que había por delante. A la hora de cenar me ponía siempre de mal humor y terminaba viendo la televisión intentando que me entrara el sueño, aunque era imposible. Apagaban la televisión a las 12 de la noche y normalmente me perdía el final de todas las series que empezaba a ver a las 10. Me daba mucha rabia pero eran las normas del hospital. Además, a partir de las 10, la televisión solo se podía oír con unos auriculares, para no despertar al resto de enfermos. Aun así, yo desarrolle una especie de truco con el mando a través del cual podía escuchar la televisión de manera normal hasta las 12 de la noche. Eran muchas noches viendo la televisión en aquella habitación…

Mi estado se fue estabilizando y las heridas iban cicatrizando. Yo me sentía bien, con ganas de salir ya de aquel infierno, y sin embargo cuando preguntaba a algún médico cuanto tiempo más tendría que estar allí, ninguno sabia darme una respuesta. Lo que me hacia indicar que el final del túnel no estaba cerca y que me quedaban muchas más noches en vela y mañanas mirando palomas en el alfeizar de la ventana. Empecé a perder la esperanza de salir de allí algún día y me empecé a obsesionar con que me sentía encerrado allí adentro. Cada vez tenia más ganas de salir, ya que anteriormente yo me sentía mal físicamente y era consciente de que no podía irme a mi casa en ese estado. Sin embargo, al encontrarme mejor, no podía evitar pensar en que estaba suficientemente bien para irme a mi casa, aunque no lo estuviera.

Un día los médicos me dijeron que tendría que empezar a ir al gimnasio del hospital a hacer rehabilitación. Aquello era una buena noticia, algo nuevo en una rutina infernal, una luz en la oscuridad absoluta. Fui muy ilusionado a la primera sesión y conocí al que sería mi fisioterapeuta los próximos meses. Se llamaba Joseba y era ciego. Para mí fue impresionante su manera de ver la vida y de afrontarla con su discapacidad. Se desenvolvía como cualquier otro fisioterapeuta y bromeaba con todo aquel que se le pusiera por delante, era una persona feliz. Aprendí mucho de él, y creo que el también aprendió mucho de mí. Me metió en la cabeza la idea de que algún día yo sería un chaval más y que volvería a andar y a correr con mis amigos, y me lo creí.

A parte de la rehabilitación, cada dos días tenía que pasar una tarde entera en diálisis. Aquello era lo peor de toda mi estancia en la 5º planta del hospital. Lo pasaba realmente mal y muchas veces me mareaba o me bajaba mucho la tensión. Eran unas sesiones muy agresivas para mi cuerpo de 42kg. Allí todo eran ancianos, como en el resto del hospital, y todo el personal sanitario me tenía un especial cariño por tener 14 años y llenarles de sonrisas las tardes de trabajo. Eran 5 horas conectado a una maquina que me parecían días y días. Normalmente ni siquiera podía dormirme para que esas 5 horas pasaran más rápido y ni las partidas al ajedrez con mi padre ni las revistas o periódicos hacían que olvidara por un momento que aquella maquina estaba sacando toda mi sangre de mi cuerpo y filtrándola como tendrían que hacer unos riñones que no me funcionaban.

En todo aquel tiempo que pase en la 5º planta del hospital, apenas recibí media docena de visitas de mis amigos. Y lo más triste de todo es que ninguna fue de los que se suponía que eran mis amigos de verdad, aquellos con los que salía los fines de semana a jugar a videojuegos al ciber. Me di cuenta de que no tenía amigos, y cuando digo amigos me refiero a amigos de verdad. Mis padres nunca me dijeron nada acerca de ellos ni me preguntaron a ver porque no venían, pero estoy seguro de que lo pensaron y de que también sabían que si me preguntaban eso no iba a saber responderles. Pero las cosas eran así, y había que aceptarlas como eran. Los amigos de verdad dan la cara en los momentos difíciles, y ellos no lo hicieron.

Vinieron a visitarme compañeros de clase con los que prácticamente no tenía amistad y que me demostraron ser unas excelentes personas por el simple hecho de interesarse por mí. También vinieron mis amigos de taekwondo, aquellos con los que pasaba grandiosas tardes muy de vez en cuando y con los que había compartido tantas horas de esfuerzo y sacrificio entrenando. Horas que nunca más podría compartir y que echaría de menos el resto de mi vida.

Después de 6 meses que parecieron 6 años ingresado en el hospital, y después de que atrasaran la fecha de mi alta médica en más de tres ocasiones, llego el día en el que el médico me dijo que finalmente, en una semana me darían el alta y podría ir a mi casa. Tendría que seguir hospitalizado, pero en la cama de mi casa y comiendo la comida que me preparara mi madre. Las enfermeras vendrían a mi casa y seguirían curándome las numerosas heridas que aun no habían cicatrizado y tendría que seguir tomando el cocktail de pastillas a todas horas. Tendría que seguir asistiendo a diario al gimnasio del hospital para seguir con mi rehabilitación y sobre todo, tendría que seguir yendo a diálisis hasta que encontraran un riñón compatible con el mío para poder trasplantármelo. Pero me iría a casa, y dejaría de ver a las palomas. Era una libertad a medias.


Tuve una pequeña discusión con Nora el 1 de Noviembre por cualquier cosa insignificante que soy incapaz de recordar, pero que bastaba para hacer aflorar los sentimientos que los dos teníamos guardados y para que un grano de arena se convirtiera en una montaña. Yo seguía enamorado de ella y para aquel entonces nuestra relación era prácticamente la de el chico que le gusta una chica y ella intenta apartarse de él lo mas delicadamente que puede para que el no sufra. Pero había momentos en los que yo no aguantaba más, estallaba, y la hacía responsable de la frustración que sentía. En realidad ella era la causante, pero era algo que yo tenía que respetar, y creo que no lo hacía.

Al día siguiente, cogí la meningitis que cambio mi vida de arriba a abajo y la relación que tenia con Nora quedaría interrumpida hasta casi un año después que podría volver a tener algún tipo de contacto con ella. Todo lo que hasta entonces parecía tener una gran importancia en mi vida como los estudios, el taekwondo, los amigos… paso a un segundo plano y todas las miradas se centraron en mi vida, que estuvo al filo de su fin durante unos largos y duros días.

Contare la historia de mi enfermedad utilizando detalles que recuerdo, pero también una mezcla de cosas que me han tenido que contar, ya que mi cerebro ha desarrollado un mecanismo de autodefensa para olvidar el sufrimiento de aquellos meses, y he olvidado prácticamente un año de mi vida, el 2004.

Yo me desperté el 2 de Noviembre de 2004 como cualquier otro día. Pero nada más abrir los ojos note un ligero dolor de cabeza. La noche anterior no había podido dormir y había estado escuchando un poco la radio hasta que concilie el sueño. “He dormido poco, tengo sueño” pensé. Más tarde me daría cuenta de que aquello no era sueño…

Me levanté de la cama y desayuné mientras le contaba a mi madre que me dolía la cabeza más de lo habitual, no creía que pudieran ser unas jaquecas, era un dolor más agudo. Mi madre, como es costumbre en cuando me quejo de algo, decidió ponerme el termómetro: Tenia unas decimas de fiebre. Si aquel fuera un día normal de clase, tal vez me hubiera planteado quedarme en casa hasta que se me pasara un poco la fiebre, pero no lo era, no era un día normal.

Ese día tenía un examen de matemáticas, y en aquel momento no quería perdérmelo de ninguna manera ya que tarde o temprano tendría que hacer ese examen y teniendo en cuenta que me había pasado el día anterior estudiando, no me apetecía tener que volver a estudiarme lo mismo una semana después. Un ligero dolor de cabeza y unas decimas no eran suficientes para que yo tuviera que volverme a estudiar algo.

Le dije a mi madre que iría a clase, haría el examen, y si me seguía encontrando mal me volvería a casa o la llamaría por el móvil para que viniera a por mí en coche. Ella acepto, y como es normal, no le dio más transcendencia a lo que todavía era un simple dolor de cabeza.

Finalmente, me encontraba andando hacia el instituto tratando de pensar en otra cosa para olvidarme un poco del dolor. Lo que no sabía en aquel momento era que aquella seria la última vez que iría al instituto andando.

Llegue a clase un rato antes de empezar el examen y me puse a repasar por última vez lo que me entraría en aquel examen hasta que llego el profesor. Empezó el examen, y yo me notaba muy nervioso, me temblaban las manos. No era algo normal, no soy de los que se ponen nerviosos en los exámenes, y menos en aquella época y con un examen de matemáticas. Empecé a sudar y a temblar ligeramente, pero seguí haciendo el examen. Cuando quedaban 20 minutos para acabar, yo había terminado, y me encontraba muy mal. Asique le dije a la profesora que había terminado y que me dejara ir al baño, que no me encontraba muy bien.

Me levanté, y se me vino el mundo encima. Aquello no era un dolor de cabeza, tampoco era un catarro, ni una gripe, era algo mas grave. Apenas podía tenerme en pie. Me asusté mucho.

Caminé hasta el final de la clase y fui al baño. Rápidamente decidí que tenía que llamar a mi madre. Me toqué la frente y estaba realmente ardiendo. Ya no eran unas decimas de fiebre, estaba seguro. Cada vez me encontraba peor.

Fui a dirección y les pedí que llamaran ellos a mi madre. Me senté en un banco que había al lado del despacho de la directora y aun recuerdo perfectamente como la profesora de matemáticas vino donde mí cuando salió de mi clase, una vez acabado el examen. Me pregunto si estaba bien, tenía mala cara. Se aseguro de que había llamado a mi madre, y se despidió de mí, seguramente esperando verme el día siguiente en clase. Aquella era mi profesora favorita, y más adelante me he dado cuenta de que además de buena profesora era una excelente persona.

Mi madre tardo alrededor de 20 minutos en llegar al instituto. Ella tenía pensado llevarme al ambulatorio de Basauri, que habría sido lo normal. Pero me vio tan mal que se asusto y me llevo directamente al Hospital de Galdakano.

A partir de aquí, lo que paso, es muy polémico. Al parecer en urgencias tardaron una eternidad en atenderme, y cuando lo hicieron no sabían que podía tener. La prueba que sirvió para diagnosticarme la meningitis fue una punción lumbar a las 2 de la madrugada. Y teniendo en cuenta que yo llegue allí por la mañana… algo raro pasó. Lo que está claro es que cada minuto que pase en urgencias, complico el futuro de mi vida una barbaridad. No quiero excederme en esta parte de mi enfermedad. No quiero señalar culpables, porque no se sabe que secuelas hubiera podido tener si me hubieran atendido de otra manera. Las cosas han pasado así, y ya no hay nada que hacer, no quiero remover la mierda.

El caso es que esa madrugada yo llegue a tener 43ºC de fiebre. Mi cuerpo empezó a experimentar los síntomas de la meningitis, y me ingresaron en la UCI sin una sola esperanza de salir de allí vivo.

Mis padres me han contado que el médico de la UCI, del cual guardo un muy buen recuerdo ya que al fin y al cabo le debo la vida, les dijo que llamaran a toda la familia para despedirse de mí, que yo moriría esa noche. No hace falta que describa el estado anímico de mis padres, de mi hermano y de toda mi familia en general. Al fin y al cabo yo estaba medio grogui y me enteraba de la mitad de las cosas que estaban pasando. Ellos lo pasaban peor que yo. Llego un momento en el que dije basta,  perdí el conocimiento.

Vi a a una chica de 15 años y a su hermana de 16 en un banco sentadas. No entendía por qué, pero yo me había transformado en un tigre con la piel llena de manchas. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba mi familia? En aquel momento aquello pasó a ser secundario, tenía delante a la persona que más quería en el mundo y a su hermana. Las veía mover los labios pero no las podía oír. Era la sensación más extraña que había sentido nunca. Nora lloraba, y Leire la consolaba. Quería enterarme de la conversación, pero no podía escucharlas.
                                                                         
Más tarde me enteraría de que no podía escucharlas porque aquella conversación entre hermanas desconsoladas estaba en mi mente, era una alucinación provocada por la alta fiebre. Yo no era ningún tigre, simplemente tenía el cuerpo completamente lleno de manchas oscuras debido a la meningitis fulminante que me estaba atacando. En realidad, estaba en una cama en el hospital, en coma, y debatiéndome entre la vida y la muerte. Y aquellas dos chicas eran Nora y Leire llorando mi muerte.

Recuerdo vagamente algún que otro flash en mi memoria de miembros de mi familia besándome y despidiéndose de mí, pero no puedo asegurar que esas no sean también algunas de las muchas alucinaciones que tuve y que me gustaría poder olvidar.

Aquellas horas fueron cruciales. Los médicos no querían rendirse y luchaban por bajarme la fiebre a base de trapos húmedos e incluso hielos. El caso es que para sorpresa de todos conseguí salir con vida de aquella noche para olvidar. El peligro no había pasado, ni mucho menos. Al día siguiente mis posibilidades de sobrevivir según los médicos eran de 1 entre 10.000. Mi fiebre no bajaba y mis síntomas no remitían. El guion era que yo muriera, tarde o temprano.

El segundo día hubo una mínima mejoría en mi estado, que no fue suficiente para dar un mínimo de esperanza a mi familia, pero que siempre ayuda a intentar ver una pequeña luz al final de un túnel tan oscuro. Esa luz se apago completamente al tercer día de mi ingreso en la UCI. De repente empeore radicalmente, y esta vez si, no parecía que hubiera una posible solución o remedio a lo que me estaba pasando. Y es que esta vez, los médicos no sabían a qué se debía este repentino empeoramiento de mi estado. Lo que estaba claro era que algo había que hacer, no se podían quedar de brazos cruzados viendo como un chaval de 14 años se apagaba poco a poco en una cama de un hospital ante la mirada de toda su familia. Decidieron llevarme al quirófano en una situación de desesperación absoluta, con la sospecha de que pudiera tener necrosados los intestinos, en cuyo caso me hubieran dejado morir, ya que las condiciones de vida que podrían quedarme en caso de salir vivo, no eran suficientemente dignas para intentar salvarme.

El caso es que después de abrirme en canal y mirar de arriba abajo en busca de una causa que explicase mi estado, los médicos no encontraron absolutamente nada extraño. Por lo tanto, decidieron coserme y devolverme a la cama de la UCI, en espera de lo que pudiera pasar.

Mis padres me vieron salir con vida del quirófano y aquello ya sí que se podía empezar a considerar un milagro, ya que mi esperanza de vida era mínima antes de entrar. De todos modos, dentro de aquel quirófano no se había solucionado nada ni se había encontrado nada que explicase mi horrible estado. Las cosas seguían igual y lo único cierto en aquel momento era que yo seguía vivo.

En los días siguiente los médicos pidieron permiso a mis padres para suministrarme una amplia gama de medicamentos que todavía estaban en fase de prueba, ya que los usados normalmente contra este tipo de enfermedades no me hacían efecto. Era la última bala que les quedaba en la recamara, y si esa bala podía proporcionarme alguna ventaja en aquella estrepitosa carrera que mantenía con la enfermedad, había que aferrarse a ella. Mis padres obviamente les dieron permiso, no había nada que perder.
Los antibióticos debieron hacer algún tipo de efecto porque aunque mi estado seguía siendo extremadamente grave, mis posibilidades de terminar en un ataúd iban descendiendo lentamente día a día.

El cansancio, la tristeza y el sufrimiento se iban acumulando en las caras de mis familiares. Se podía notar perfectamente que ellos lo estaban pasando al menos tan mal como yo con aquella situación. No les quedaban fuerzas ni lágrimas, pero tampoco les quedaba más remedio que seguir ahí, sentados al lado de mi cama, intentando transmitirme las fuerzas que les quedaban para que yo siguiera luchando y no me rindiera. Para que me creyera que saldría vivo de allí y que algún día podría devolverles aquel apoyo tan necesario que me dieron día y noche durante tanto tiempo. Aunque no lo pareciera posible, había que intentar pensar que algún día podríamos volver a tener una vida normal y que todo aquello lo recordaríamos como una negra anécdota.

Después de tres semanas en coma, la mayor preocupación de mis padres y de los médicos era que yo pudiera tener algún tipo de daño cerebral, o que me hubiera quedado ciego, sordo o mudo. Yo seguía en coma inducido, y la única manera de ver si yo sufría algún daño cerebral era despertarme y hablar conmigo. Mis padres estaban realmente horrorizados ante aquella posibilidad pero no había otro remedio.

Los médicos me despertaron, hablaron conmigo y me hicieron las pruebas pertinentes. A primera vista, no tenía ni un solo daño cerebral, aunque tampoco era algo que se pudiera asegurar, ya que estaba sedado y no me enteraba prácticamente de nada. Yo creo que aquel fue el momento en el que mis familiares empezaron a tener un mínimo de esperanza y aquella luz al final del túnel se volvió a encender, esta vez con un poco mas de fuerza, aunque sin la fuerza necesaria como para ver el camino que te lleve hacia la salida.

De todos modos, los daños físicos eran catastróficos. En aquel momento, yo ya tenía los dedos de las manos y las piernas necrosadas. Tenía el cuerpo plagado de unas enormes y profundas heridas que más tarde me enteraría que se llamabas escaras o ulceras post-cubito. Es decir, heridas causadas por la presión que ejerce el cuerpo al estar demasiado tiempo sentado o tumbado sobre una superficie. Y probablemente lo peor de todo, mis riñones no funcionaban y estaba conectado a un aerofiltro, una maquina que hacia las funciones de mis riñones y me limpiaba la sangre continuamente. También había que tener en cuenta que tenía todos los órganos de mi cuerpo, excepto el cerebro, dañados.

Son miles las anécdotas de aquellos días en la UCI del hospital del Galdakano. Fueron incontables también las muestras de cariño de los que estaban a mi alrededor. No solo las de mis familiares y amigos, sino también de los otros enfermos ingresados en aquel momento al lado mío y del personal sanitario del hospital. A día de hoy puedo decir que tengo a un enfermero de la UCI agregado al Messenger y que encima de mi cama hay un peluche que me regalo una enfermera en prácticas que dice “Soy tu muñeco de la suerte”. Creo que ese muñeco que me regalaron tenía razón, y que de ahí en adelante mi suerte fue a mas, a pesar de que hubo momentos en los que creí sinceramente que tenía un maleficio encima.

Llego algún momento que no se precisar exactamente en el que empecé a ser consciente realmente de mi situación. Poco a poco iban bajando mi nivel de sedación y mi cabeza estaba más despejada para pensar. Me di cuenta de que aquello cambiaria mi vida completamente, que no volvería a tener la vida de antes nunca más. Recuerdo el momento en el que no me quedo ninguna duda de que aquello ya no tenía solución.

Una noche como otra cualquiera, cenando con la ayuda de mis padres, mi padre me piso el pie descalzo durante unos 2 minutos sin ni siquiera darse cuenta el. Cuando al de un rato se dio cuenta, todos nos llevamos un gran disgusto. Yo ni siquiera sabía que me había pisado, no sentía nada en la pierna. Tenía las dos piernas necrosadas, muertas. Tenían que amputármelas y aquello ya cambiaria las cosas mucho.

Recuerdo las dos operaciones perfectamente, aunque especialmente la segunda, ya que estaba menos sedado. No podre borrar nunca de mi cabeza aquellas despedidas en los pasillos de los quirófanos y mis padres llorando al fondo. Ni tampoco aquellas últimas miradas que les eche a cada uno de mis pies o los 5 besos que les di a los 5 dedos que me amputaron en esas mismas operaciones. Pensé que aquello era lo peor que me podía pasar; no podría volver a hacer taekwondo, me quedaría en una silla de ruedas para toda la vida y un sinfín de cosas que nunca podría volver a hacer.

Acerté en la primera, el taekwondo se había acabado para mí. Falle en la segunda, volvería a andar y no solo a andar sino también a correr o saltar, a jugar a ping pong y a pegarle una patada a un balón de futbol. Y en la tercera acerté a medias. Hay muchas cosas que no puedo hacer a día de hoy, pero muchas otras que si, y cada día son menos las cosas que no puedo hacer y mas las que si hago. Todo depende de las ganas que le pongas.

La noche de fin de año fue una de las peores que recuerdo. Mis padres se despidieron de mi hacia las 10 de la noche y me quede solo en una habitación llena de maquinas que no dejaban de pitar. No podía quitarme de la cabeza la idea de que el mundo estaba lleno de familias que en ese momento estarían comiendo las mayores delicias de todo el año rodeados de sus seres queridos y brindando porque todo siguiera igual. Y sin embargo yo estaba en una cama tumbado, sin poder moverme tan siquiera y solo como nunca antes me había sentido. Aquella noche llore como nunca antes lo había hecho y pedí un deseo: nunca más pasar una Nochevieja solo. Espero que se cumpla…

Después de las dos operaciones y ya con las dos piernas amputadas, un día mi doctor apareció por mi habitación de la UCI y me dijo que el día que fuera capaz de silbar, saldría de aquella habitación y me subirían a planta, con el resto de enfermos. Yo pensé que eso era pan comido e intente silbar al instante, no aguantaba ni una sola hora más en aquel sitio. Sin embargo no tarde en darme cuenta de que el doctor había dicho eso sabiendo que tenía una raja en el labio que me impedía silbar. Y supongo que también sabía que yo necesitaba al menos otra semana más de ingreso en la UCI, que fue justo lo que tardo mi raja en curarse lo suficiente para que yo pudiera silbar. Todo fue premeditado.



Tercero de la ESO fue un año en el que no cambiaron muchas cosas, pero las cosas seguían su curso: las clases seguían siendo un suplicio, el taekwondo cada día ocupaba un poco mas de mi tiempo, yo seguía con unos amigos con los que no terminaba de sentirme a gusto, seguía yendo a la academia de inglés y las agujas del reloj seguían moviéndose hacia la derecha.

Hare un pequeño salto hacia atrás porque, creo que me toca hablar de la persona que hasta a día de hoy considero que ha sido la más importante de toda mi vida.

La conocí cuando yo estaba en segundo de la ESO, en taekwondo. Recuerdo que un día el profesor nos dijo que había 2 alumnas nuevas, que venían de otro gimnasio y que a partir de ahora vendrían a nuestra clase y nos pidió que hiciéramos que se sintieran cómodas. Aparecieron una chica rubia con la piel muy clara y los ojos azules y otra muy morena de piel, castaña y ojos marrones. Al principio incluso nos costaba creer que aquellas dos chicas de nuestra edad fueran hermanas. La rubia se llamaba Leire y la morena Nora.

Al principio nadie se acercaba mucho a ellas pero poco a poco se fueron integrando hasta que llegaron a ser buenas amigas de casi todos nosotros. Yo empecé a tener un poco mas de relación con Nora y empezamos a hablar fuera de las horas de taekwondo. Nora era una chica con la que podías coger confianzas muy rápidamente. Una de estas personas con las que te sientes realmente a gusto hablando. Era de mi edad, y había oído que al igual que yo, sacaba también muy buenas notas. Teníamos muchas cosas en común.

No tardamos en hacernos muy amigos. Jamás hasta entonces había llevado una amistad hasta el punto en el que la lleve con Nora. Hablar con ella había pasado de ser una costumbre a casi una adicción. Solo dios sabe las horas que pudimos pasar hablando por el MSN sobre cotilleos, chorradas y los sentimientos de los que nos rodeaban. Además, nos servíamos de apoyo mutuo para soportar las impresionantes broncas que teníamos que soportar día sí y día también en taekwondo. Yo ya estaba bastante acostumbrado a ello, pero Nora era más o menos nueva en el gimnasio y no lo llevaba tan bien como yo. Además, he de decir que seguramente Nora sea la única persona a la que nuestro profesor de taekwondo torturaba más que a mí de todo el gimnasio.

Me convertí en su psicólogo personal y ella en el mío. No había secretos entre nosotros y tampoco había problemas. Las innumerables horas que teníamos que pasar juntos entrenando ayudaron también a que nuestra relación siempre fuera a más. Ella se apunto a las 3 modalidades del taekwondo, al igual que yo, asique coincidíamos a todas horas y en todos los campeonatos.

En uno de esos campeonatos, concretamente el 2º campeonato de España de combate al que fui, pase bastante tiempo con otra chica del gimnasio: Nahiara. Ella era dos años mayor que yo y normalmente no hablábamos demasiado en el gimnasio. Pero en aquel campeonato cambie la impresión que tenia acerca de ella. Se mostro mas cariñosa conmigo de lo normal y yo, novato como el que mas en estos asuntos por aquellas fechas, me empecé a obsesionar un poco con ella. A todo esto hay que añadir que ella tenía novio. Lo cual hacia aun mas imposible lo que ya de por si había empezado con ninguna posibilidad de terminar bien.

En este tipo de situaciones, normalmente sueles necesitar a alguien que te escuche como te sientes. Depende mucho de cada persona pero yo suelo necesitar desahogarme con alguien y si es posible, que esa persona me dé su opinión sobre el asunto. En mi obsesión con Nahiara, mi psicóloga personal fue Nora. Era ella quien se tenía que tragar todas mis penas y la que me animaba diciéndome que igual algún día tendría una oportunidad con ella. Mirando atrás en el tiempo es ahora cuando me doy cuenta de la cantidad de veces que se habrá tragado las ganas de decirme que me olvidara de ella de una vez, que fui un estúpido y un caprichoso al obsesionarme de aquella manera con alguien a quien prácticamente ni conocía en realidad.

Al final Nora consiguió que yo olvidara a Nahiara. En realidad lo que paso es que me empecé a dar cuenta de que Nora merecía mucho más la pena que Nahiara y por lo tanto, empecé a sustituir el cariño que yo reclamaba de Nahiara por el que Nora me ofrecía.

Desde el momento en que Nora entro por aquella puerta del gimnasio el primer día que la vi, pensé que era una de las chicas más guapas que había visto en mi vida. Pero jamás me había planteado nada fuera de una amistad con ella. Incluso cuando empecé a conocerla más a fondo y se hizo mi mejor amiga, solo la veía como eso, como mi mejor amiga. No sé muy bien cuando cambio algo en mí para empezar a fijarme en ella como mi posible media naranja. Solo sé que llego un día en el que me di cuenta de que Nahiara se había quedado atrás y que no podía dejar de pensar en Nora. Al principio pensé que había salido de una para entrar en otra peor. Lo volvería a pasar mal por una chica y me tocaría olvidarla. Además, aquello seguramente implicaría perder toda la relación que tenia con ella en aquel momento, y eso era algo que no me podía permitir. Debía controlar más mis sentimientos si no quería que todo se fuera a pique.

Estábamos en Mayo del 2004, yo estaba en 2º de la ESO y completamente enamorado de Nora. El hablar con ella 4 horas diarias no ayudaba para nada a que me olvidara de ella. Yo no sabía cuáles eran sus sentimientos hacia mí pero tampoco quería hacer preguntas, porque me daba miedo oír las respuestas. No quería sentirme rechazado y prefería seguir teniendo una relación con la que podría pasar tantas horas hablando con ella a arriesgarme a confesarle mis sentimientos y asustarla. Lo cual haría que dejáramos de hablar de golpe. Eso podría haberme destrozado por dentro ya que mi vida se basaba en ella prácticamente.

Llego la época de los exámenes de Junio, no era una época fácil, había menos tiempo libre y siempre había algún examen que salía mal y te hacia irte con una profunda decepción a tu casa. De todos modos, yo nunca recordare aquel mes de Junio por los exámenes de fin de curso.

El 12 de Junio de 2004 no aguante más. Fui a taekwondo y vi a Nora allí como siempre. Las mismas bromas del profesor de siempre insinuando que entre ella y yo había algo más. Las mismas broncas de siempre y las mismas miradas de complicidad entre ella y yo. Aquello parecía un día normal, pero decidí que no lo seria.

Al salir de la clase, después de cambiarnos, le pedí a Nora el móvil. Tengo que confesar que el dia anterior ya la habia avisado de mis intenciones y le habia pedido que pensara que me contestaría en caso de que yo le preguntara si quería salir conmigo. Temblaba de arriba a abajo pero estaba convencido de que aquel era el momento. Le pedi el móvil y creo que Nora ya sabia para que lo hacia pero me lo presto sin preguntar. Tal vez fuera para repasar alguno de los mil mensajes míos que ya para entonces había guardados en su móvil, aunque seguro que ella sabia lo que iba a hacer y sabia que no era para eso. Entré en el menú de mensajes, pero no fui a la bandeja de entrada, sino a escribir un mensaje nuevo. Creo que esta fue la frase, simple, sencilla y clara: “¿Quieres salir conmigo?”. Cogí aire un par de veces y pensé en borrarlo y marcharme a casa como un día más. Pero saque el valor que creía que no tenía y le dije: Aquí tienes.

Agache la mirada porque no me atrevía a ver la cara que ponía al leerlo. Fueron 2 segundos mirando aquellas baldosas del suelo, pero me parecieron 2 lustros. No aguantaba la tensión y levante la vista poco a poco. La vi sonriendo, muy nerviosa pero no sorprendida. La mire a los ojos e inmediatamente ella bajo la mirada y escribió algo en el móvil. Después me lo tendió para que lo cogiera y leyera lo que ella había escrito. No quería hacerlo, estaba aterrorizado. Pero de pronto volvió a emerger ese valor que desconocía de donde salía y extendí la mano, cogí el móvil y fije la vista en la pantalla.

SI

No se describir con palabras como me sentí en ese momento. Decir que era la persona más feliz del mundo puede ser un clásico. Pero es verdad, lo era. Me dio tal subidón de adrenalina que no supe que decirle, solo me salió una radiante sonrisa que supongo que a ella le basto para entender mi reacción. Le devolví el móvil e inmediatamente salí corriendo hacia mi casa. Subí de 5 en 5 las 100 escaleras que había nada más salir del gimnasio y empecé a correr hacia mi casa. No sabía porque corría, pero tampoco podía dejar de hacerlo. Me sentía eufórico y mi cabeza iba a mil por hora imaginándose un futuro que rozaba lo irreal. Era el momento de hacer el cuento de la lechera. Daba igual que solo fuera un cuento si ese cuento me hacía sentir así de bien. Tenía novia por primera vez en la vida.

Nada más llegar a casa me conecte al Messenger con la esperanza de poder hablar con ella y comentar la jugada del día. Pero no pude hablar con ella hasta aquella noche. Ella estaba tan ilusionada como yo y eso hizo que estuviera aun más contento.

Nuestra relación cambio muy poco con aquel nuevo paso. Es cierto que podíamos decirnos que nos queríamos y que el tono era más cariñoso que antes. Pero la relación que teníamos antes de que yo le pidiera salir era tan intensa, que apenas se noto cuando dimos un paso más. Todo seguía siendo magnifico, tan magnífico como lo era antes de pedirle salir conmigo.

Pasaron los días y las cosas siguieron igual. Con los exámenes no podíamos hablar demasiado tiempo, porque ella estudiaba bastante por las tardes y aunque a mí me diera igual suspender todas las asignaturas con tal de poder hablar un rato mas con ella cada tarde, ella era más responsable que yo. Aquello hizo que en algún que otro momento la relación se tensara un poco más de lo debido. Yo quería pasar las 24h hablando con ella y eso no era posible. Estaba demasiado obsesionado con ella y empecé a meter la pata en más de una ocasión. El excesivo interés en ella a veces creo discusiones absurdas en las que la única consecuencia era pasarlo mal durante unos días hasta que se volvía a arreglar. La cosa estaba empezando a cambiar y ya no era todo un camino de rosas. Lo pasaba mal por ella, porque no me hacia todo el caso que yo le reclamaba. Echando un vistazo atrás, me doy cuenta de mis errores aunque en cierto modo, los veo normales teniendo en cuenta mi edad y mi inexperiencia.

Terminaron los exámenes y llegaron las vacaciones del 2004. Nora y yo todavía nunca habíamos quedado para salir juntos. Estábamos tan acostumbrados a nuestra anterior relación como amigos que se nos hacia raro quedar un día como novios. Yo nunca había besado a una chica y temía el momento en que se presentara la ocasión y tuviera que hacerlo. El día en que quedamos por primera vez, acordamos que aquello seria una tarde entre amigos, porque si no lo planteábamos así, estaríamos los dos avergonzados cada uno en una punta de un banco, sin dirigirnos prácticamente la palabra. Al plantearlo como una tarde entre amigos, aquella se convirtió en una de las mejores tardes de mi vida. Fuimos a un parque cerca del gimnasio donde hacíamos taekwondo, ya que era uno de los pocos sitios que los dos conocíamos y donde por lo tanto podíamos quedar. Dimos un paseo y estuvimos hablando en un banco durante bastante tiempo. Fue todo perfecto, cuando nos despedimos ninguno de los dos pensó en que tal vez si nos hubiéramos besado la tarde hubiera sido más redonda. No hizo falta. Ya llegaría el momento…

Poco después, llego Julio y con él los problemas. Aquel stage del que me hablo el seleccionador de España de taekwondo nada más bajarme del pódium hacia unos meses, resultaba que era una concentración de 15 días con la selección española de taekwondo en un centro de alto rendimiento en la Manga del Mar Menos (Murcia). Aquello suponía estar medio mes separado de Nora, toda una prueba de fuego.

Fui al stage con uno de los que todavía eran mis amigos de fuera del instituto, uno de aquellos con los que tarde tras tarde iba al cibercafé de las narices a malgastar mi dinero. El también había quedado campeón de España en el mismo campeonato que yo, y me vendría muy bien para hacerme compañía en Murcia. Me despedí de Nora con la promesa de que nos mandaríamos mensajes al móvil a diario y de que a la vuelta retomaríamos todo tal y como estaba.

Nunca he hecho la mili, ya que por suerte no me ha tocado. Pero estoy seguro de que aquellos 15 días en Murcia fueron lo más parecido a la mili que hare nunca. Entrenamientos corriendo por la playa a las 5 de la madrugada para evitar los 45ºC que hacían a las 12 del mediodía cuando todavía seguíamos entrenando dentro del centro. Comer comida mala y volver a entrenar hasta que anocheciera. Después, dormir en literas malas y con las típicas bromas que se gastan entre compañeros de habitación.

Para colmo, el seleccionador nacional se marcho de la concentración al tercer día, y mi profesor de taekwondo en el gimnasio de Basauri, Juan Solís, le sustituyo. Juan era el seleccionador de España absoluto y todo el mundo le tenía un increíble respeto. Me quede alucinado la primera vez que apareció por la residencia de deportistas de elite y la gente le saludaba como “Señor Solís”. La gente también alucinaba cuando yo le hablaba de tu a tu y le llamaba Juan sin que él me echara la bronca.

Poco después entendí porque la gente le tenía tanto respeto. Los tres primeros días, empezábamos a entrenar a las 10 de la mañana corriendo tranquilamente dentro de las instalaciones del centro. Nada más llegar el, visto el revuelo que había, nos castigo a estar horas y horas corriendo por la playa, haciendo abdominales, flexiones y todo tipo de actividades físicas que serian dignas de cualquier película americana del ejercito. Juan se había creado aquella fama de duro a pulso, y aunque conmigo tuviera un trato diferente, me toco sufrir en mis carnes su deber de mantener aquella fama con entrenamientos sorpresa en mitad de la noche. Fue toda una experiencia que no olvidare y que tal vez algún día me dé cuenta de que me sirvió para fortalecerme mucho.

El tiempo que tenia para mandarle mensajes a Nora era muy escaso. Solo sacaba un rato para descansar al final del día, cuando estaba en la cama metido y me echaba de menos sus miradas, sus sonrisas y las veces en las que escribíamos exactamente la misma frase hablando sobre cualquier cosa en el Messenger y después nos echábamos a reír. Al principio ella contestaba a mis mensajes, pero con el paso de los días, me empecé a dar cuenta de que cada vez era menos el interés que ponía en mantener el contacto conmigo. Eso me hacia arder de rabia. Yo me pasaba el día matándome en entrenamientos y conseguía sacar un ratito al final del día para interesarme por ella, y sin embargo ella que tenía todo el día libre no era capaz de mandarme un mensaje que me alegrara el final del día después de esos palizones.

Para colmo, un día recibí un mensaje que me decía que ella se marchaba al pueblo justo antes de que yo volviese a Basauri y que por lo tanto suponía que no nos veríamos hasta que ella volviera, aproximadamente a mediados de Agosto. Aquello iba por mal camino, y me estaba empezando a dar cuenta. La primera prueba de fuego estaba ganándole la partida a nuestra relación y me sentía impotente viendo como poco a poco se creaba distancia entre nosotros.

Pase todo el mes acordándome de ella a cada instante y pensando en si a ella le pasaría lo mismo. Sin embargo, intentaba reprimirme y no agobiarla con mensajes ni llamadas perdidas. No me gustaba esa sensación de andar todo el día detrás de ella sin recibir lo mismo de su parte.

Además, poco después me di cuenta de que mis padres tenían la intención de que nos marcháramos al pueblo la segunda quincena de Agosto. Entre unas cosas y otras, íbamos a pasarnos todo el mes de Julio y Agosto sin vernos y prácticamente sin hablar el uno con el otro. Aquello era más de lo que habíamos calculado en un principio, mucho más. Ya ni siquiera estaba seguro de que Nora sintiera algo por mí, ni de que las cosas pudieran volver a ser como antes del verano cuando nos volviéramos a ver para contarnos que tal nos había ido.

Llego el día esperado, y mis temores se hicieron realidad. Se había creado esa distancia entre nosotros que jamás había existido desde que nos conocimos. Los dos intentábamos aparentar que no pasaba nada y que todo seguía como antes, pero era prácticamente imposible. Continuamente había algún tipo de roce por el que nos molestábamos más de lo normal.

Empezó el nuevo curso y poco después, un día cualquiera que ni tan siquiera quiero recordar, recibí un sms de Nora en el móvil que me decía que nuestra relación se había acabado y que tal vez cometimos un error cuando dimos un paso más en nuestra amistad. Lo borre al instante, ni tan siquiera recuerdo exactamente lo que ponía. Fue uno de los peores días que recuerdo. Y aunque me lo veía venir desde hacia tiempo, no estaba preparado para recibir la noticia.

En aquel momento estaba estudiando 3º de la ESO. Otro curso más: más rutina, más aburrimiento y más monotonía. Mi vida realmente estaba fuera del instituto a diferencia de la de muchos de mis compañeros de clase. Para entonces ya tenía algún que otro amigo importante dentro de clase pero nadie con quien pasar un rato fuera del horario escolar ni contarle que estaba profundamente deprimido porque mi novia acababa de decirme que lo nuestro se había acabado. Mi vida social en aquellas fechas se podía resumir prácticamente a una palabra: Nora. Y para colmo, no podía acudir a ella, no todavía al menos.

Pase el mes de Septiembre y Octubre entre rifirrafes son Nora. Yo seguía completamente enamorado de ella y ella sin embargo no sabía lo que quería. Y si lo sabía, al menos a mi me confundía. De vez en cuando entre la tormenta asomaba un rayito de sol que se parecía a lo que hacía unos meses habíamos tenido. En cuanto se creaba alguna esperanza de que las cosas pudieran arreglarse, se volvía a desvanecer. Viéndolo desde fuera, estoy seguro de que estaba bastante claro que nuestra relación estaba condenada a su fin, pero mi esperanza era demasiado grande como para destruirse con unas cuantas discusiones. Estaba empeñado en hacer cualquier cosa con tal de arreglar las cosas, pero no me daba cuenta de que cada día que pasaba, ella estaba más segura de haber tomado la decisión correcta al dejarme.

Naci el 22 de julio de 1990. Con 3 años empecé a ir a preescolares y con 6, como cualquier otro niño, empecé 1º de EGB. Recuerdo que al principio mi escuela era Pozokoetxe, pero la ikastola de Ariz se mudo, y se instalo en el antiguo Pozokoetxe, por lo que la escuela en la que habían estudiado todos mis familiares, incluyendo mi hermano, paso a llamarse Arizko Ikastola. El nivel de euskera que se impartía en las clases subió a modelo D, ya que como el nombre dice, era una Ikastola. Al antiguo Pozokoetxe llegaron los alumnos de la anterior Arizko Ikastola, y conocí a muchos nuevos compañeros de clase.

Solo coincidí un año con mi hermano en la Ikastola. Yo estaba en 1º y el en 6º, pero apenas me acuerdo ya de aquellos años. Solo recuerdo vagamente el ultimo año de ikastola, sexto de EGB.

Mis notas en la ikastola eran siempre casi perfectas. Había tres calificaciones posibles en cada apartado y yo normalmente sacaba la mas alta en cada uno de ellos, excepto en el uso del euskera, en la cual trimestre tras trimestre me tocaba ver un “regular” en el boletín de notas. La verdad es que nunca me hizo demasiada gracia hablar en euskera con los amigos. El motivo fundamental para que no me hiciera mucha gracia, era que nos lo imponían los profesores, y todo el mundo sabe que nunca nos gusta hacer aquello a lo que nos obligan. Tal vez si me hubieran dado la libertad de elegir el idioma con el que quería comunicarme con los profesores y alumnos, hubiera escogido el euskera, pero las cosas no funcionaban así.

En cuarto de EGB aproximadamente fue cuando me realizaron el test de inteligencia. Era el alumno más avanzado de mi clase y me aburría mucho con las explicaciones de los profesores. El tiempo que me sobraba en clase lo utilizaba en incordiar a los de mi alrededor y los profesores lo pasaban realmente mal para mantenerme quieto y callado en mi asiento. Por ese motivo, empezaron a buscar soluciones y razones. Esto último les llevo a la conclusión de que mi nivel era superior al de la clase y decidieron hacerme el test. Recuerdo que me ausentaba de ciertas clases para ir a la biblioteca de la ikastola, donde me esperaban 1 o 2 psicólogos con material didáctico para hacerme diferentes pruebas. Después de 2 o 3 semanas de pruebas, me diagnosticaron una inteligencia superior a la media (143). Hablaron con mis padres y les propusieron adelantarme un curso. Mis padres me lo consultaron a mi, y con solo ver mi reacción les basto para decirles a mis profesores que no, que yo quería seguir en clase junto a mis amigos.

En el ámbito de amistades, siempre tuve unos cuantos amigos íntimos y alguna que otra chica que me gustaba, pero los amores a esas tempranas edades no cuentan como tales, más bien son una especie de dudas que tienen los niños acerca de esos sentimientos tan complicados de entender. De todos modos, si es cierto que durante los dos últimos años de EGB me gusto una chica a la que nunca le confesé mis sentimientos por vergüenza, aunque sospecho que ella ya lo sabía. Esas cosas se notan rápidamente en un chico de 12 años. Después coges un poco de experiencia y aprendes a ocultarlo mejor.

A parte de la Ikastola, asistía a clases de inglés en una academia. Mi nivel de inglés en 6º de EGB era el que alcanzaría después en 1º de bachillerato aproximadamente, la diferencia era abismal. Esto era bastante habitual en todo aquel que iba a algún tipo de academia, pero no hasta tal punto. La explicación era que al igual que hicieron con mi hermano, mis padres decidieron meterme desde pequeño en 2 cursos más avanzados en la academia de los que me corresponderían para mi edad. Me costó coger el ritmo y acostumbrarme a estar con gente más mayor que yo en clase, pero lo conseguí, y es algo que tengo que agradecer ya que me ha dado bastante ventaja con el inglés en toda mi vida.

Respecto al taekwondo, empece a los 4 años, en Pozokoetxe. Mi profesor allí, era un alumno del que después sería mi verdadero profesor de taekwondo, aunque yo no supe eso hasta varios años después. Mis padres nos apuntaron a mí y a mi hermano a taekwondo como una actividad extraescolar que se hacía en el propio colegio. Sin embargo, cuando Pozokoetxe se convirtió en Arizko Ikastola, mi hermano y yo tuvimos que buscarnos un sitio donde seguir practicando este deporte, ya que dejo de ser una actividad extraescolar del colegio. Nos apuntamos al gimnasio The Masters de Basauri.

Mi nuevo profesor se llamaba Juan Solís y era subcampeón olímpico en las olimpiadas de Barcelona ’92. El nivel de mis nuevos compañeros era mucho mayor que el de los anteriores. De repente me encontraba al lado de medallistas en campeonatos mundiales, europeos y nacionales. Yo apenas tenía 7 años y para mí el taekwondo en aquella época era básicamente una manera divertida de pasar las horas libres que tenia por la tarde. Mi único aliciente en aquel entonces era ir pasando de cinturones.

De todos modos, mi entrenador me vio cualidades para ser un buen competidor, por lo que decidió empezar a enseñarme cosas nuevas, para llegar algún día a participar en el campeonato de Euskadi. A mi todo eso me parecía que me venia muy grande, pero le hice caso. Aumente mi ritmo de entrenamientos y me toco quedarme a entrenar más de un sábado por la mañana. Me empecé a dar cuenta de que el profesor era muy exigente, y a veces incluso excesivamente duro con los alumnos.

Empecé a hacerme amigo de los alumnos avanzados de mi edad del gimnasio, y me di cuenta que había dos tipos de personas que hacían taekwondo. Por un lado estaban los que se apuntaban porque sus padres les obligaban o porque no tenían nada mejor que hacer que probar una actividad nueva. Llegaban allí, jugaban un poco, se hacían los remolones a la hora de hacer estiramientos y se escaqueaban siempre que podían en clase. Nuestro entrenador les dejaba hacer lo que quisieran siempre y cuando no molestaran demasiado.

Por otro lado estaba el grupo en el que yo me había empezado a integrar. Entrenabamos las mismas horas que los anteriores y también los sabados por la mañana varias horas. Además, algunos de estos estaban empezando con otra modalidad del taekwondo, el combate. Y para ello, entrenaban también los viernes por la noche, con los mayores. A mi me parecía una barbaridad todo eso. Mas tarde comprendería que aquello solo seria el principio de una nueva vida para mi.

Con el instituto se me abrieron nuevas puertas y empecé a pensar diferente. Supongo que es algo que le ha pasado a todo el mundo, pero en mi caso recuerdo perfectamente el gran cambio que note en mi vida ya desde el primer día. El hecho de llegar a un sitio nuevo, lleno de gente que no conoces y saber que vas a compartir con esas personas los próximos 6 años es algo que tiene unas consecuencias drásticas en tu comportamiento. La gente no te conoce y por lo tanto, empezara a cuajar una idea de ti en función de lo que vea de ese momento en adelante y aunque en el momento nunca nos paremos a pensarlo, nuestro comportamiento habitual cambia, tendemos a mejorar, o al menos a intentar hacer cosas que creemos que nos mejoraran. Mi comportamiento cambio totalmente. En el instituto seguí siendo aquel chico que se aburría en clase y que distraía a sus compañeros, eso era inevitable. Pero mis relaciones sociales cambiaron.

Hice nuevos amigos, y eso implica aprender muchas cosas nuevas. Hubo poca gente de Arizko Ikastola que fuera al instituto de Urbi, y los pocos que fueron, o eran poco amigos míos o como hice yo, empezaron de cero. Empezar de cero supone buscar nuevos amigos, nuevas relaciones con la gente. Creo que es lo mejor que se puede hacer al llegar al instituto, ya que es una inmejorable ocasión para conocer gente y no encerrarse en las anteriores amistades que puedas traer de tu anterior colegio.

Solo conserve la amistad de Jon Ander, un chico que casualmente ni siquiera era amigo mío de la ikastola, sino de haber coincidido en unas colonias durante dos años consecutivos en el mes de Agosto. Se puede decir que éramos muy amigos aunque solo nos conociéramos de dos meses. Compartíamos bastantes aficiones que habíamos practicado juntos en aquellos periodos en las colonias de verano, como por ejemplo el ajedrez, el futbol, el ping pong… Jon Ander era un chico muy tímido en aquel entonces, y yo se podría decir que todo lo contrario. Demasiado arrogante a veces. En mi opinión hacíamos una buena dupla de amigos. El sí que mantenía una buena cantidad de amigos de su antigua ikastola, ya que la mayoría de sus amigos de toda la vida estaban en el instituto y fueron mis nuevos compañeros de clase. Aquello me situaba en una situación un poco complicada ya que él era muy importante para mí y yo, tal vez, no lo era tanto para él.

Respecto a las chicas, tenía 10 o 12 nuevas chicas en clase en las que fijarme y si no recuerdo mal, mas de una era bastante guapa, pero al contrario que en la ikastola, nunca me llamo la atención ninguna de ellas.

El taekwondo cada vez ocupaba mas mi tiempo libre y por lo tanto mi atención también. Al contrario que muchos compañeros de clase, yo desvié un poco más mi vida personal hacia fuera del instituto y no hice amigos de los de verdad allí dentro. Mientras algunos de ellos dedicaban su tiempo a conocerse entre sí y hacerse sus propias cuadrillas, por decirlo de alguna manera, yo tenía las tardes completamente ocupadas entre la academia de ingles y el taekwondo, no me daba el tiempo para más.

Recuerdo que cada día de aquel año que paso, el año que curse 1º de la ESO, vi una persona menos en el parque de debajo de mi casa donde solía pasar el tiempo libre que me quedaba, generalmente los domingos, hasta que llego un día que me quede apoyado en una barandilla en un extremo del parque y me di cuenta de que todos aquellos “amigos” que tenía en el parque y que la mayoría habían empezado a ir al instituto a la vez que yo, habían hecho como mis compañeros de clase y se habían echado nuevos amigos en el instituto. No volvería a verles por allí jugando un partido de futbol en la persiana que domingo tras domingo llevábamos jugando al futbol desde hacía 6 años. Mi vida, en ese aspecto, había cambiado.

Me empecé a dar cuenta de que aunque no fuera mucho tiempo, había ratos en los que no sabía muy bien qué hacer. Me asomaba a la ventana y veía el parque completamente vacío, triste. No tenía sentido bajar allí y esperar sentado con mi balón en un columpio a que apareciera alguno de mis amigos del parque, no iban a venir.

Busque dos tipos de alternativa al parque. Una fue empezar a hacer más amistades con mis compañeros de taekwondo, que eran de mi edad o como mucho 2 años mayores. Y la otra fue dedicar mi tiempo a algún tipo de actividad dentro de casa. Y ese tiempo se lo llevó el ordenador. Empecé a pasar horas sentado en frente de aquella maquina que en aquel entonces no conocía todo el mundo tan bien como ahora. Internet era algo nuevo todavía y la gente no conocía la cantidad de usos que se le podían dar. Yo empecé a conocerlos poco a poco, investigando por mi cuenta y aprendiendo cositas que más tarde me iban a ayudar mucho.

En el aspecto académico todo siguió igual: clases monótonas que explicaban conceptos sencillos, distracciones y mal comportamiento. Además el instituto incluía un nuevo sistema de calificación en las asignaturas, según el cual el comportamiento era un tercio de la nota final de cada asignatura. Eso hizo que 1 mes antes de obtener cada boletín de notas mi comportamiento mejorara levemente para no llevarme una señora bronca por parte de mis padres al ver un suspenso en el comportamiento. Las notas en el 90% de los casos eran dos sobresalientes y un bien en comportamiento por asignatura. Lo cual hacia que la nota global de cada asignatura fuera notable y no sobresaliente. Excepto en las evaluaciones finales que los profesores hacían un poco oídos sordos al comportamiento y se mostraban generosos poniendo sobresalientes en las notas globales de cada asignatura.

Pasaron los dos primeros años de instituto y para entonces en taekwondo ya teníamos una especie de cuadrilla formada por los chavales de edad similar. Me lo pasaba genial con ellos, pero el problema era que cada uno éramos de un pueblo diferente, a pesar de ser la mayoría de Basauri, y todos tenían su respectiva cuadrilla de amigos. Todos excepto yo. Solo fuimos capaces de quedar en unas 5 ocasiones para pasar la tarde juntos en el cine, las piscinas o algún sitio similar. Eso sí, aquellas 5 tardes fueron las mejores que había pasado en mi vida.

Empecé a darme cuenta de que algo tenía que cambiar. Tenía que buscarme amigos, y si en el instituto ya todo el mundo tenía hecha su cuadrilla, tendría que buscarlos fuera de él. Y así lo hice, empecé a salir con unos chicos de taekwondo, todos de Basauri. Nuestro pasatiempo principal era ir a un Ciber-café de poca monta a jugar a videojuegos unos contra otros. Aunque al principio me pareció entretenido y una bonita manera de pasar la tarde, cuando pasaron unas semanas me empecé a dar cuenta de que lo que yo pensaba que sería cosa de dos tardes, se estaba prolongando demasiado. Yo me cansaba de estar en aquel ciber, y ellos no, había un problema. El resto de la gente pasaba las tardes en los parques comiendo pipas, jugando al futbol o simplemente salían por ahí con la novia a dar un paseo y nosotros nos dedicábamos a entrar a aquel antro hasta que anocheciera y volver a casa con los ojos como platos. Sentía que desaprovechaba mi tiempo, y más aun mi dinero…

Por no decir que en aquel antro se juntaban los mayores delincuentes de Basauri de mi edad. Aquello era un punto de tráfico de drogas y un sitio donde los chavales de 13-14 años se sentaban a fumar. La gente que andaba en aquel ciber eran los que nosotros llamábamos “Los mafiosos”. Grupos de chavales problemáticos que continuamente andaban metiéndose en problemas por pegar o vacilar a alguien o por hacer alguna gamberrada. Ahora pueden parecer cosas de adolescentes sin cabeza, pero en aquel entonces ese tipo de gente daba bastante miedo. No me gustaba nada el ambiente de aquel ciber a decir verdad…

En el taekwondo todo me iba sobre ruedas. Mis aptitudes físicas me facilitaban mucho las cosas y había empezado a hacer combate, la disciplina donde destacaría más adelante. Al ser delgado y alto, era mucho más fácil para mí ganar campeonatos porque en taekwondo las categorías aparte de por la edad, se rigen por el peso. Y los chavales de mi edad y mi peso, siempre eran unos 30cm más bajos que yo. ¿Que suponía eso? Que mientras ellos me podían dar una patada en la tripa que valía un punto, por el mismo esfuerzo yo les podía dar una en la cabeza, que valía dos puntos. Una ventaja inmensa…

Quede campeón de Euskadi cadete y fui al campeonato de España. Ya había ido a más de un campeonato de España, pero no de combate, sino de pumse. Tengo que admitir que los mejores fines de semana de mi vida, aun a fecha de hoy, los he pasado en campeonatos de España de taekwondo. Aquello era el paraíso. Un fin de semana en un hotel normalmente de 4 estrellas, lejos de tus padres (en alguna ciudad de España) con todo pagado y con todos tus amigos. Recuerdo noches interminables en las que hice diabluras como saltar de balcón a balcón como un loco sin tener en cuenta los peligros. Después en los polideportivos nos metíamos en salas de entrenamiento, robábamos bebidas energéticas, nos colábamos en sitios restringidos…. No sería capaz de acordarme ahora de la cantidad de cosas no permitidas que llegue a hacer en los campeonatos de España de diferentes años. Era el mayor desmadre que me podía permitir con aquella edad y lo aprovechaba al máximo.

Sin embargo, los campeonatos de España de comate eran un poco diferentes. Si, podías hacer el tonto todo lo que quisieras, pero con una condición: Al día siguiente tenias que pelear, y la cabeza que estaba en juego era la tuya. Eso hacía que te replantearas las cosas dos veces y que pensaras bien si te convenía dormir bien para estar despierto al día siguiente y mantener tus reflejos. Nunca llegue a hacer en un campeonato de combate lo que hacía en los de pumse.

En lo que se refiere a resultados, mi paso por el primer campeonato de España de combate fue un visto y no visto. Recuerdo pocas ocasiones en las que haya estado tan nervioso como en aquel campeonato. El chaval contra el que me toco pelear no era tan bajito, aunque seguía siendo bastante más bajo que yo, y yo salí muerto de miedo a competir. Me dieron una buena paliza, tenia tanto miedo que creo que no fui capaz de hacer un solo punto. Me dedicaba a moverme lo justo para que no me hicieran demasiado daño. Fue una decepción, ya que se esperaba bastante de mí e hice el ridículo por decirlo de alguna manera. Recibí una buena bronca en el gimnasio a la vuelta del campeonato.

El segundo campeonato de España al que fui, fue ese mismo año. Pero esta vez fue un campeonato Junior en vez de Cadete. Eso significaba que el límite de edad estaba en 16 años en vez de los 15 del campeonato Cadete. A pesar de ser un campeonato de categoría superior, mi actuación fue muy diferente. De todos modos, tuve mala suerte. Me toco competir en el primer combate contra el campeón de España del año anterior. Un catalán que era incluso más alto que yo, cosa que nunca me había pasado hasta entonces. Nada más ver con quien me tocaría competir, sabía que estaba eliminado del campeonato. Pero lejos de venirme abajo y hacer el ridículo como la vez anterior, saque algo de orgullo y hice un papel muy digno. Creo que perdí aquel combate por 7-5 y plantando una gran oposición al que por segundo año consecutivo se proclamaría campeón de España: Joel González (actualmente campeón del mundo absoluto). Aquel chico se llevo una gran impresión de mi, un rival al que todavía no conocía, y recuerdo sus palabras al terminar el último asalto “gran combate chaval, vas a llegar lejos”. Aquellas palabras me subieron mucho la moral y me dieron mucha confianza para el siguiente campeonato.

Hare un salto de 1 año en el tiempo, saltándome los demás aspectos de mi vida, para contar los 3 campeonatos a la vez.

Mi tercer y último campeonato de España de taekwondo fue un Cadete. Había participado ya en un montón de campeonatos a nivel provincial y regional de los cuales había ganado la mayoría. Había cogido mucha experiencia sobre el tatami y quería demostrarlo. Para llegar al campeonato de España había tenido que ganar en el de Euskadi a uno de mis amigos del gimnasio, uno de aquellos con los que iba al ciber todos los fines de semana. Fue un combate muy igualado, a pesar de que yo fuera muy confiado de que iba a ganarle sobradamente. Le gane por los pelos y gracias a una fuerte patada en la cara que le di cerca del final y por la que luego tuve que pedirle perdón.

Me prepare a fondo para el campeonato de España. Fui a correr todos los días desde un mes antes del campeonato para coger fondo físico e incluso me puse a dieta y fui a la sauna de vez en cuando para adelgazar los gramos que me sobraban y poder entrar en un peso en el que tendría alguna oportunidad de sacar una medalla en el campeonato de España. El campeonato se celebraba en Avilés (Asturias). Mis padres, mi hermano y Andrea fueron a verme hasta allí. Me mentalice de que mi objetivo era ganar al menos un combate, cosa que todavía no había hecho nunca en un campeonato de España, no me quería ir de vacio como en las ediciones anteriores.

Oí mi nombre en la megafonía y salí a competir sin ningún miedo, a comerme el mundo. Además, mi entrenador en la selección de Euskadi no pudo ponerse conmigo para darme consejos porque estaba ocupado con otro competidor, por lo que se puso mi hermano conmigo. Empezó el combate, y duro 30 segundos. Después de 4 patadas en la cara, el entrenador de mi rival dijo que se retiraban, había mucha diferencia entre yo y mi competidor y su entrenador, al darse cuenta, intento evitar que le hiciera daño de verdad. Yo ni siquiera me lo podía creer. Había hecho un KO y había ganado mi primer combate en un campeonato de España. Después de aquellos momentos de éxtasis, había que concentrarse para el próximo combate, el cual sería aun más difícil. Ya eran cuartos de final…

No tuve problemas en ningún combate. Creo recordar que gane 14-2 en el segundo combate, hice otro KO en semifinales y gane 8-1 la final del campeonato de España. Arrase literalmente y aun no lo podía creer estando en el pódium con la ikurriña en mi espalda y una copa, una medalla y un diploma agarrados en las manos. Lo recuerdo como uno de los recuerdos más felices de mi vida. El seleccionador nacional vino a verme nada más bajar del pódium y me dijo que nos veríamos en el stage. Yo ni siquiera sabía lo que era aquello, pero me daba igual… Más tarde me enteraría.

Mi vida siempre ha girado en torno a 4 cosas fundamentales que han sido las que me han mantenido en pie y a las que he dedicado mi tiempo: La familia, los amigos, el taekwondo y los estudios. Los amigos y el taekwondo van directamente relacionados, ya que en el taekwondo he conocido a los que han llegado a ser mis mejores amigos.

Mi familia se puede dividir en varias partes: En primer lugar están mis padres y mi hermano. En un segundo plano se encuentra Andrea, la novia de mi hermano. Y despues, en un tercer plano podría situar al resto de la familia: primos, tios, abuelos… A ellos tengo que agradecerles el haber estado siempre ahi. Se que es lo mas normal, que la familia nunca te abandone. Pero visto lo visto, y los momentos que me han tocado vivir, tengo que dar las gracias enormemente al apoyo que me han dado. Sobre todo a mis padres y mi hermano que son seguramente los que peor lo han pasado, peor que yo y que cualquier otra persona.

De mis amigos no se que podría decir. Los he tenido de todos los tipos. Los típicos “conocidos” que te saludan por la calle pero que nunca te has parado a hablar con ellos, los que te preguntan cada 6 meses si todo va bien, los que ves a diarios y intercambias 5 palabras con ellos, los que mantienen conversaciones contigo a diario pero nunca podrán llegar a ser tus mejores amigos pero siempre han estado ahi, los que forman parte de tu vida porque son tus mejores amigos, y por ultimo, los especiales. Aquellos a los que les debes muchas cosas, porque siempre te han apollado y aquellos con los que has compartido todo: alegrías, ilusiones y sentimientos. Este grupo es muy reducido, porque si fuera muy amplio, perdería la esencia que le caracteriza. Tambien hay que mencionar, por desgracia, a aquellos amigos que te decepcionan. Aquellos de los que esperas mucho y a la hora de la verdad no te dan nada, desaparecen. Es una pena, pero siempre tiene que haber de todo…

No me voy a poner a nombrar personas, he distinguido diferentes clases de amigos. De menor a mayor importancia. Cada cual que se situe donde lo crea oportuno, creo que la mayoría acertara. Solo decir que en el ultimo grupo, en ese en el cual se encuentran los amigos especiales, solo hay 3 personas: dos chicas y un chico. Creo que despues de leer este libro, seras capaz de decir quienes son.

En lo que se refiere a los estudios, podría distinguir 2 etapas. El antes y el despues. El antes de la meningitis y el despues. De momento solo contare el “antes” y el despues lo contare mas tarde, relacionándolo con otras cosas que vendrán a continuación. Yo siempre he sido un alumno que destacaba en los estudios. Segun decían mis padres, abuelos y compañía “era un niño muy inteligente”. Pero claro, ¿que abuelos no han dicho nunca eso de sus nietos? Al final el tiempo les dio la razón. En clase me aburría, me aburría muchísimo. Empezaban a explicar cosas que yo ya sabia, porque me las habían enseñado en casa, porque las había oído en algún sitio o por algún extraño motivo. Porque esta claro que las cosas hay que aprenderlas. Por muy listo que se sea, alguien tiene que enseñarte las cosas, y despues, dependiendo de tu inteligencia y de las ganas que le pongas, las aprendes en mayor o menor grado. El caso es que yo sabia todo lo que me querían enseñar en la ikastola. La profesora se dio cuenta de ello y en 4º de primaria aviso a mis padres de unas supuestas pruebas de inteligencia que se les hacían a niños de altas capacidades. Mis padres me preguntaron si me apetecia hacerlas, lo cual se lo agradezco, y yo dije que si. Era una manera de escapar a alguna de esas aburridas clases de matematicas en las que te enseñaban a sumar cuando yo ya sabia multiplicar y dividir.

Estube durante unos meses faltando a clase de vez en cuando para ir a la biblioteca de la ikastola. Alli me esperaban unos señores extraños que terminaron cayéndome bien y que me hacían preguntas de todo tipo. No era un test de inteligencia como los de hoy en dia, en los que te hacen cuatro preguntas y con eso creen saber tu coeficiente intelectual. A mi me practicaron todo tipo de pruebas, relacionadas con el calculo mental, lógica, expresión oral, agilidad mental…

El resultado fue claro, y vino a mi casa en un sobre blanco que todavía recuerdo. “El alumno Asier Lorenzo Perez es catalogado como un alumno de altas capacidades ya que tiene un coeficiente intelectual de 143”. Mis padres me lo enseñaron, sonrientes. Pero yo no sabia que significaba ese numerito: 143. Mas tarde lo comprendi. Resulta que el coeficiente intelectual medio de la población es de unos 90-100. A partir de 110 se puede considerar a una persona “inteligente” y de ahi en adelante, a cada numero que pasaba, eras mas “listo” por decirlo de alguna manera. Es decir, mediante esta carta que aun conservo en una carpeta en mi casa, me estaban haciendo saber que yo que yo era un superdotado. Me plantearon la posibilidad de adelantarme un curso. Es decir, pasar de 4º a 6º de primaria. Pero claro, dejaría de estar con mis amigos de clase, y por aquel entonces aquello era algo no negociable para mi. Dije que no rotundamente y mis padres aceptaron mi decisión.

Esto hizo que yo continuara aburriéndome en clase, pero en cierto modo estaba contento. Contento de poder seguir estando con mis amigos en clase, y no con 20 niños mayores que yo que me pudieran llamar “cerebrito” a todas horas. Creo que fue una buena decisión a pesar de todo.

Llego el cambio al instituto y cambiaron muchas cosas. La chica que desde toda la vida me gustaba en la ikastola se fue a otro colegio y no volvi a verla. Pero era cosa de críos, una idea que tenia metida en la cabeza y que estuvo durante años ahi, dando vueltas. Se puede decir que fue la primera chica que me gusto de verdad, pero rápidamente me di cuenta de que no era para tanto, porque al segundo mes de instituto ya no me acordaba de ella. Se había abierto un nuevo mundo ante mis ojos. La gente fumaba en la puerta del instituto yo yo había pasado de ser el mayor de la ikastola a ser el mas joven del instituto. Coincidi un año con mi hermano en el instituto y el saber que mi hermano andaba por allí me ayudo mucho a que nadie se metiera conmigo. Nunca he tenido ninguna pelea o ningún problema serio con nadie, y eso es todo un record si me pongo a mirar otros casos. Tal vez el hecho de que yo hiciera taekwondo haya ayudado algo para que esto haya sido posible. El saber que si te metes con alguien te puede dar dos patadas en la cara en menos de lo que tardas en insultarle, puede hacer que te lo pienses dos veces antes de hacer nada.

Mis notas en el instituto no bajaron en absoluto. Eso si, yo seguía aburriéndome y rápidamente hice amigos en mi clase. El aburrimiento y los amigos desencadenaron en algo lógico: mal comportamiento. No es que yo haya sido un alumno problematico, de estos que contestan mal y preparan follones. Simplemente me faltaba atención en clase. Me pasaba las clases hablando y buscando maneras mas entretenidas de pasar la hora que escuchando al profesor. Eso me trajo un ligero descenso en las notas, ya que en la ESO el comportamiento cuenta casi tanto como los exámenes. De todos modos en las notas de final de ciclo, es decir, en las notas de la 3º evaluación de 2º de la ESO, saque 12 sobresalientes en 12 asignaturas, todo un record.

Al año siguiente las cosas cambiaron y no puedo decir hasta que punto, porque sinceramente no me acuerdo. El curso empezó en septiembre y en noviembre cogi la meningitis que me hizo perderme el resto del curso. Por eso mismo ni me acuerdo del mes de septiembre y incluso recuerdo pocos detalles de aquel verano. Pero ya hablare mas adelante de todo ello. El caso es que aquí termina el Asier Lorenzo de “antes” en lo que a los estudios se refiere.

Podria decir muchas cosas acerca del taekwondo pero resumiéndolas todas, diría que es lo que mas satisfacciones y alegrías me ha dado en mi vida. Aunque haya habiado momentos muy malos y grandes desilusiones.

El taekwondo, para quien no lo sepa, es un deporte de artes marciales en el que hay tres modalidades. Pumse, que es una combinación de técnica y coordinación. Exhibicion, que es una coreografia de piruetas y acrobacias en la que se rompen corchos. Y por ultimo el combate, las mas conocida de todas y que se trata básicamente de pelear, utilizando patadas y ganando a tu adversario. Yo he practicado las tres, y creo que a un alto nivel además.

Empece el taekwondo con 4 años en Pozokoetxe, mi antiguo colegio que luego se convertiría en Arizko Ikastola. Despues, el profesor del colegio se fue al gimnasio The Masters, que estaba en Basauri. Por lo que mis padres nos apuntaron a mi hermano y a mi al gimnasio y allí empezamos a ver aquel deporte de una manera diferente, mas competitiva y mas interesante.

Tanto mi hermano como yo teníamos grandes cualidades para dedicarnos al taekwondo y eso hizo que con algo de esfuerzo consiguiéramos rápidamente ganar algunos títulos. Hasta los 11 años, solo me dedique al pumse y gane 5 campeonatos de Euskadi de esta modalidad. En los siguientes años, mientras practicaba las otras dos modalidades, gane otros 3 campeonatos más, hasta la edad de los 14 años. La exhibición siempre ha sido una modalidad que me ha encantado. Nuestro gimnasio solo se presento dos veces al campeonato de Euskadi. La primera fue cuando yo era muy pequeño y el equipo estaba formado por 9 personas, todas ellas 2 e incluso 3 años mas mayores que yo. La verdad es que no se porque el entrenador se decidió por cogerme a mí para aquella exhibición, era demasiado pequeño comparado con mis compañeros y no tuve un gran papel en aquella coreografía. El caso es que a pesar de que nuestra exhibición era muy superior a la de nuestros grandes rivales en el campeonato, los jueces dieron ganadores a nuestros adversarios y hubo una gran polémica arbitral. Nuestro entrenador se enfado mucho y no volvimos a presentarnos al campeonato hasta dentro de bastantes años.

Yo fui el único que estuvo presente en el 2º asalto al campeonato. Preparamos una exhibición como para ser campeones de España, y yo era el eje de todo aquel tinglado. Yo hacia la mayoría de saltos y piruetas y yo rompía mas del 50% de los corchos, con patadas voladoras que ni tan siquiera yo me creía que pudiera hacer. Los ensayos fueron durísimos. Recuerdo infinidad de fines de semana en los que ensayamos más de 8 horas diarias a pesar de que quedaran meses para el campeonato. Pero al igual que en pumse y combate, esa fue una de las características que hizo que nuestro gimnasio triunfara en los campeonatos: el sacrificio. He estado castigado durante horas y horas y he recibido broncas y charlas que no merecía en la mayoría de los casos. El entrenador siempre se mostro especialmente duro conmigo, pero al final me demostró que aunque los métodos utilizados nunca fueron los correctos, el sacrificio tuvo su recompensa, por eso solo puedo echarle en cara una cosa y no tiene nada que ver conmigo; lo explicare más adelante.

Aquel año ganamos el campeonato de exhibición de Euskadi y estábamos preparados para ganar el de España. Pero circunstancias que escaparon de nuestro alcance evitaron lo que podría haber sido un gran éxito. Yo cogí meningitis y al igual que paso con los estudios, el taekwondo se corto drásticamente. El equipo fue sin mí al campeonato y aunque está mal que yo diga esto, ellos mismos me han dicho que hicieron el ridículo, quedaron últimos. La exhibición estaba preparada para mi, y no consiguieron encontrar un sustituto capaz de hacer todo lo que yo hacía. De todos modos, tengo que agradecerles enormemente a ellos el gesto que tuvieron en el campeonato de España acordándose de mí.

El combate es la última y más interesante modalidad del taekwondo en mi opinión. El taekwondo es un deporte olímpico y la única disciplina en la cual se compite es el combate. Mi gimnasio siempre ha tenido grandes competidores en esta modalidad: campeones de España, de Europa, del mundo e incluso un subcampeón olímpico. El liston estaba muy alto y en los entrenamientos me daba miedo pelear con gente tan capacitada. De todos modos creo que me adapte rápido. Empecé con 11 años y a los 12 gane mi primer campeonato de Euskadi cadete. En total fueron 2 campeonatos cadetes y 3 juniors, aparte de unos cuantos torneos a nivel regional y estatal. En 2004, en Avilés, gane el campeonato de España cadete, el campeonato más importante que he ganado en taekwondo. Ese título me dio la opción de ir en verano a una concentración con la selección española a Murcia junto con la selección francesa, la belga y la portuguesa, en la cual mi entrenador del gimnasio era el seleccionador nacional. No recuerdo muchos detalles de aquella estancia, puesto que fue solo un par de meses antes de la meningitis y ese periodo se ha borrado de mi mente inconscientemente. Con la meningitis también acabo el combate y las posibilidades que tenia de ir a campeonatos de Europa o incluso del mundo con la selección española. Deje el taekwondo en la cima de mi carrera deportiva, por decirlo de alguna manera.

Sobre mí

Sobre mí
Me llamo Asier Lorenzo y esta es mi vida. A los 14 años tuve meningitis y estuve muy cerca de morir, aquella experiencia cambió mi vida y me hizo pensar que tenía que contarla. Aquí la tienes, tan bien como soy capaz de explicártela.

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