Tuve una pequeña discusión con Nora el 1 de Noviembre por cualquier cosa insignificante que soy incapaz de recordar, pero que bastaba para hacer aflorar los sentimientos que los dos teníamos guardados y para que un grano de arena se convirtiera en una montaña. Yo seguía enamorado de ella y para aquel entonces nuestra relación era prácticamente la de el chico que le gusta una chica y ella intenta apartarse de él lo mas delicadamente que puede para que el no sufra. Pero había momentos en los que yo no aguantaba más, estallaba, y la hacía responsable de la frustración que sentía. En realidad ella era la causante, pero era algo que yo tenía que respetar, y creo que no lo hacía.
Al día siguiente, cogí la meningitis que cambio mi vida de arriba a abajo y la relación que tenia con Nora quedaría interrumpida hasta casi un año después que podría volver a tener algún tipo de contacto con ella. Todo lo que hasta entonces parecía tener una gran importancia en mi vida como los estudios, el taekwondo, los amigos… paso a un segundo plano y todas las miradas se centraron en mi vida, que estuvo al filo de su fin durante unos largos y duros días.
Contare la historia de mi enfermedad utilizando detalles que recuerdo, pero también una mezcla de cosas que me han tenido que contar, ya que mi cerebro ha desarrollado un mecanismo de autodefensa para olvidar el sufrimiento de aquellos meses, y he olvidado prácticamente un año de mi vida, el 2004.
Yo me desperté el 2 de Noviembre de 2004 como cualquier otro día. Pero nada más abrir los ojos note un ligero dolor de cabeza. La noche anterior no había podido dormir y había estado escuchando un poco la radio hasta que concilie el sueño. “He dormido poco, tengo sueño” pensé. Más tarde me daría cuenta de que aquello no era sueño…
Me levanté de la cama y desayuné mientras le contaba a mi madre que me dolía la cabeza más de lo habitual, no creía que pudieran ser unas jaquecas, era un dolor más agudo. Mi madre, como es costumbre en cuando me quejo de algo, decidió ponerme el termómetro: Tenia unas decimas de fiebre. Si aquel fuera un día normal de clase, tal vez me hubiera planteado quedarme en casa hasta que se me pasara un poco la fiebre, pero no lo era, no era un día normal.
Ese día tenía un examen de matemáticas, y en aquel momento no quería perdérmelo de ninguna manera ya que tarde o temprano tendría que hacer ese examen y teniendo en cuenta que me había pasado el día anterior estudiando, no me apetecía tener que volver a estudiarme lo mismo una semana después. Un ligero dolor de cabeza y unas decimas no eran suficientes para que yo tuviera que volverme a estudiar algo.
Le dije a mi madre que iría a clase, haría el examen, y si me seguía encontrando mal me volvería a casa o la llamaría por el móvil para que viniera a por mí en coche. Ella acepto, y como es normal, no le dio más transcendencia a lo que todavía era un simple dolor de cabeza.
Finalmente, me encontraba andando hacia el instituto tratando de pensar en otra cosa para olvidarme un poco del dolor. Lo que no sabía en aquel momento era que aquella seria la última vez que iría al instituto andando.
Llegue a clase un rato antes de empezar el examen y me puse a repasar por última vez lo que me entraría en aquel examen hasta que llego el profesor. Empezó el examen, y yo me notaba muy nervioso, me temblaban las manos. No era algo normal, no soy de los que se ponen nerviosos en los exámenes, y menos en aquella época y con un examen de matemáticas. Empecé a sudar y a temblar ligeramente, pero seguí haciendo el examen. Cuando quedaban 20 minutos para acabar, yo había terminado, y me encontraba muy mal. Asique le dije a la profesora que había terminado y que me dejara ir al baño, que no me encontraba muy bien.
Me levanté, y se me vino el mundo encima. Aquello no era un dolor de cabeza, tampoco era un catarro, ni una gripe, era algo mas grave. Apenas podía tenerme en pie. Me asusté mucho.
Caminé hasta el final de la clase y fui al baño. Rápidamente decidí que tenía que llamar a mi madre. Me toqué la frente y estaba realmente ardiendo. Ya no eran unas decimas de fiebre, estaba seguro. Cada vez me encontraba peor.
Fui a dirección y les pedí que llamaran ellos a mi madre. Me senté en un banco que había al lado del despacho de la directora y aun recuerdo perfectamente como la profesora de matemáticas vino donde mí cuando salió de mi clase, una vez acabado el examen. Me pregunto si estaba bien, tenía mala cara. Se aseguro de que había llamado a mi madre, y se despidió de mí, seguramente esperando verme el día siguiente en clase. Aquella era mi profesora favorita, y más adelante me he dado cuenta de que además de buena profesora era una excelente persona.
Mi madre tardo alrededor de 20 minutos en llegar al instituto. Ella tenía pensado llevarme al ambulatorio de Basauri, que habría sido lo normal. Pero me vio tan mal que se asusto y me llevo directamente al Hospital de Galdakano.
A partir de aquí, lo que paso, es muy polémico. Al parecer en urgencias tardaron una eternidad en atenderme, y cuando lo hicieron no sabían que podía tener. La prueba que sirvió para diagnosticarme la meningitis fue una punción lumbar a las 2 de la madrugada. Y teniendo en cuenta que yo llegue allí por la mañana… algo raro pasó. Lo que está claro es que cada minuto que pase en urgencias, complico el futuro de mi vida una barbaridad. No quiero excederme en esta parte de mi enfermedad. No quiero señalar culpables, porque no se sabe que secuelas hubiera podido tener si me hubieran atendido de otra manera. Las cosas han pasado así, y ya no hay nada que hacer, no quiero remover la mierda.
El caso es que esa madrugada yo llegue a tener 43ºC de fiebre. Mi cuerpo empezó a experimentar los síntomas de la meningitis, y me ingresaron en la UCI sin una sola esperanza de salir de allí vivo.
Mis padres me han contado que el médico de la UCI, del cual guardo un muy buen recuerdo ya que al fin y al cabo le debo la vida, les dijo que llamaran a toda la familia para despedirse de mí, que yo moriría esa noche. No hace falta que describa el estado anímico de mis padres, de mi hermano y de toda mi familia en general. Al fin y al cabo yo estaba medio grogui y me enteraba de la mitad de las cosas que estaban pasando. Ellos lo pasaban peor que yo. Llego un momento en el que dije basta, perdí el conocimiento.
Vi a a una chica de 15 años y a su hermana de 16 en un banco sentadas. No entendía por qué, pero yo me había transformado en un tigre con la piel llena de manchas. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba mi familia? En aquel momento aquello pasó a ser secundario, tenía delante a la persona que más quería en el mundo y a su hermana. Las veía mover los labios pero no las podía oír. Era la sensación más extraña que había sentido nunca. Nora lloraba, y Leire la consolaba. Quería enterarme de la conversación, pero no podía escucharlas.
Más tarde me enteraría de que no podía escucharlas porque aquella conversación entre hermanas desconsoladas estaba en mi mente, era una alucinación provocada por la alta fiebre. Yo no era ningún tigre, simplemente tenía el cuerpo completamente lleno de manchas oscuras debido a la meningitis fulminante que me estaba atacando. En realidad, estaba en una cama en el hospital, en coma, y debatiéndome entre la vida y la muerte. Y aquellas dos chicas eran Nora y Leire llorando mi muerte.
Recuerdo vagamente algún que otro flash en mi memoria de miembros de mi familia besándome y despidiéndose de mí, pero no puedo asegurar que esas no sean también algunas de las muchas alucinaciones que tuve y que me gustaría poder olvidar.
Aquellas horas fueron cruciales. Los médicos no querían rendirse y luchaban por bajarme la fiebre a base de trapos húmedos e incluso hielos. El caso es que para sorpresa de todos conseguí salir con vida de aquella noche para olvidar. El peligro no había pasado, ni mucho menos. Al día siguiente mis posibilidades de sobrevivir según los médicos eran de 1 entre 10.000. Mi fiebre no bajaba y mis síntomas no remitían. El guion era que yo muriera, tarde o temprano.
El segundo día hubo una mínima mejoría en mi estado, que no fue suficiente para dar un mínimo de esperanza a mi familia, pero que siempre ayuda a intentar ver una pequeña luz al final de un túnel tan oscuro. Esa luz se apago completamente al tercer día de mi ingreso en la UCI. De repente empeore radicalmente, y esta vez si, no parecía que hubiera una posible solución o remedio a lo que me estaba pasando. Y es que esta vez, los médicos no sabían a qué se debía este repentino empeoramiento de mi estado. Lo que estaba claro era que algo había que hacer, no se podían quedar de brazos cruzados viendo como un chaval de 14 años se apagaba poco a poco en una cama de un hospital ante la mirada de toda su familia. Decidieron llevarme al quirófano en una situación de desesperación absoluta, con la sospecha de que pudiera tener necrosados los intestinos, en cuyo caso me hubieran dejado morir, ya que las condiciones de vida que podrían quedarme en caso de salir vivo, no eran suficientemente dignas para intentar salvarme.
El caso es que después de abrirme en canal y mirar de arriba abajo en busca de una causa que explicase mi estado, los médicos no encontraron absolutamente nada extraño. Por lo tanto, decidieron coserme y devolverme a la cama de la UCI, en espera de lo que pudiera pasar.
Mis padres me vieron salir con vida del quirófano y aquello ya sí que se podía empezar a considerar un milagro, ya que mi esperanza de vida era mínima antes de entrar. De todos modos, dentro de aquel quirófano no se había solucionado nada ni se había encontrado nada que explicase mi horrible estado. Las cosas seguían igual y lo único cierto en aquel momento era que yo seguía vivo.
En los días siguiente los médicos pidieron permiso a mis padres para suministrarme una amplia gama de medicamentos que todavía estaban en fase de prueba, ya que los usados normalmente contra este tipo de enfermedades no me hacían efecto. Era la última bala que les quedaba en la recamara, y si esa bala podía proporcionarme alguna ventaja en aquella estrepitosa carrera que mantenía con la enfermedad, había que aferrarse a ella. Mis padres obviamente les dieron permiso, no había nada que perder.
Los antibióticos debieron hacer algún tipo de efecto porque aunque mi estado seguía siendo extremadamente grave, mis posibilidades de terminar en un ataúd iban descendiendo lentamente día a día.
El cansancio, la tristeza y el sufrimiento se iban acumulando en las caras de mis familiares. Se podía notar perfectamente que ellos lo estaban pasando al menos tan mal como yo con aquella situación. No les quedaban fuerzas ni lágrimas, pero tampoco les quedaba más remedio que seguir ahí, sentados al lado de mi cama, intentando transmitirme las fuerzas que les quedaban para que yo siguiera luchando y no me rindiera. Para que me creyera que saldría vivo de allí y que algún día podría devolverles aquel apoyo tan necesario que me dieron día y noche durante tanto tiempo. Aunque no lo pareciera posible, había que intentar pensar que algún día podríamos volver a tener una vida normal y que todo aquello lo recordaríamos como una negra anécdota.
Después de tres semanas en coma, la mayor preocupación de mis padres y de los médicos era que yo pudiera tener algún tipo de daño cerebral, o que me hubiera quedado ciego, sordo o mudo. Yo seguía en coma inducido, y la única manera de ver si yo sufría algún daño cerebral era despertarme y hablar conmigo. Mis padres estaban realmente horrorizados ante aquella posibilidad pero no había otro remedio.
Los médicos me despertaron, hablaron conmigo y me hicieron las pruebas pertinentes. A primera vista, no tenía ni un solo daño cerebral, aunque tampoco era algo que se pudiera asegurar, ya que estaba sedado y no me enteraba prácticamente de nada. Yo creo que aquel fue el momento en el que mis familiares empezaron a tener un mínimo de esperanza y aquella luz al final del túnel se volvió a encender, esta vez con un poco mas de fuerza, aunque sin la fuerza necesaria como para ver el camino que te lleve hacia la salida.
De todos modos, los daños físicos eran catastróficos. En aquel momento, yo ya tenía los dedos de las manos y las piernas necrosadas. Tenía el cuerpo plagado de unas enormes y profundas heridas que más tarde me enteraría que se llamabas escaras o ulceras post-cubito. Es decir, heridas causadas por la presión que ejerce el cuerpo al estar demasiado tiempo sentado o tumbado sobre una superficie. Y probablemente lo peor de todo, mis riñones no funcionaban y estaba conectado a un aerofiltro, una maquina que hacia las funciones de mis riñones y me limpiaba la sangre continuamente. También había que tener en cuenta que tenía todos los órganos de mi cuerpo, excepto el cerebro, dañados.
Son miles las anécdotas de aquellos días en la UCI del hospital del Galdakano. Fueron incontables también las muestras de cariño de los que estaban a mi alrededor. No solo las de mis familiares y amigos, sino también de los otros enfermos ingresados en aquel momento al lado mío y del personal sanitario del hospital. A día de hoy puedo decir que tengo a un enfermero de la UCI agregado al Messenger y que encima de mi cama hay un peluche que me regalo una enfermera en prácticas que dice “Soy tu muñeco de la suerte”. Creo que ese muñeco que me regalaron tenía razón, y que de ahí en adelante mi suerte fue a mas, a pesar de que hubo momentos en los que creí sinceramente que tenía un maleficio encima.
Llego algún momento que no se precisar exactamente en el que empecé a ser consciente realmente de mi situación. Poco a poco iban bajando mi nivel de sedación y mi cabeza estaba más despejada para pensar. Me di cuenta de que aquello cambiaria mi vida completamente, que no volvería a tener la vida de antes nunca más. Recuerdo el momento en el que no me quedo ninguna duda de que aquello ya no tenía solución.
Una noche como otra cualquiera, cenando con la ayuda de mis padres, mi padre me piso el pie descalzo durante unos 2 minutos sin ni siquiera darse cuenta el. Cuando al de un rato se dio cuenta, todos nos llevamos un gran disgusto. Yo ni siquiera sabía que me había pisado, no sentía nada en la pierna. Tenía las dos piernas necrosadas, muertas. Tenían que amputármelas y aquello ya cambiaria las cosas mucho.
Recuerdo las dos operaciones perfectamente, aunque especialmente la segunda, ya que estaba menos sedado. No podre borrar nunca de mi cabeza aquellas despedidas en los pasillos de los quirófanos y mis padres llorando al fondo. Ni tampoco aquellas últimas miradas que les eche a cada uno de mis pies o los 5 besos que les di a los 5 dedos que me amputaron en esas mismas operaciones. Pensé que aquello era lo peor que me podía pasar; no podría volver a hacer taekwondo, me quedaría en una silla de ruedas para toda la vida y un sinfín de cosas que nunca podría volver a hacer.
Acerté en la primera, el taekwondo se había acabado para mí. Falle en la segunda, volvería a andar y no solo a andar sino también a correr o saltar, a jugar a ping pong y a pegarle una patada a un balón de futbol. Y en la tercera acerté a medias. Hay muchas cosas que no puedo hacer a día de hoy, pero muchas otras que si, y cada día son menos las cosas que no puedo hacer y mas las que si hago. Todo depende de las ganas que le pongas.
La noche de fin de año fue una de las peores que recuerdo. Mis padres se despidieron de mi hacia las 10 de la noche y me quede solo en una habitación llena de maquinas que no dejaban de pitar. No podía quitarme de la cabeza la idea de que el mundo estaba lleno de familias que en ese momento estarían comiendo las mayores delicias de todo el año rodeados de sus seres queridos y brindando porque todo siguiera igual. Y sin embargo yo estaba en una cama tumbado, sin poder moverme tan siquiera y solo como nunca antes me había sentido. Aquella noche llore como nunca antes lo había hecho y pedí un deseo: nunca más pasar una Nochevieja solo. Espero que se cumpla…
Después de las dos operaciones y ya con las dos piernas amputadas, un día mi doctor apareció por mi habitación de la UCI y me dijo que el día que fuera capaz de silbar, saldría de aquella habitación y me subirían a planta, con el resto de enfermos. Yo pensé que eso era pan comido e intente silbar al instante, no aguantaba ni una sola hora más en aquel sitio. Sin embargo no tarde en darme cuenta de que el doctor había dicho eso sabiendo que tenía una raja en el labio que me impedía silbar. Y supongo que también sabía que yo necesitaba al menos otra semana más de ingreso en la UCI, que fue justo lo que tardo mi raja en curarse lo suficiente para que yo pudiera silbar. Todo fue premeditado.
1 comentarios:
Grandísimas experiencias, enormes sentimientos e incalculable esfuerzo para contarlas.
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