Naci el 22 de julio de 1990. Con 3 años empecé a ir a preescolares y con 6, como cualquier otro niño, empecé 1º de EGB. Recuerdo que al principio mi escuela era Pozokoetxe, pero la ikastola de Ariz se mudo, y se instalo en el antiguo Pozokoetxe, por lo que la escuela en la que habían estudiado todos mis familiares, incluyendo mi hermano, paso a llamarse Arizko Ikastola. El nivel de euskera que se impartía en las clases subió a modelo D, ya que como el nombre dice, era una Ikastola. Al antiguo Pozokoetxe llegaron los alumnos de la anterior Arizko Ikastola, y conocí a muchos nuevos compañeros de clase.

Solo coincidí un año con mi hermano en la Ikastola. Yo estaba en 1º y el en 6º, pero apenas me acuerdo ya de aquellos años. Solo recuerdo vagamente el ultimo año de ikastola, sexto de EGB.

Mis notas en la ikastola eran siempre casi perfectas. Había tres calificaciones posibles en cada apartado y yo normalmente sacaba la mas alta en cada uno de ellos, excepto en el uso del euskera, en la cual trimestre tras trimestre me tocaba ver un “regular” en el boletín de notas. La verdad es que nunca me hizo demasiada gracia hablar en euskera con los amigos. El motivo fundamental para que no me hiciera mucha gracia, era que nos lo imponían los profesores, y todo el mundo sabe que nunca nos gusta hacer aquello a lo que nos obligan. Tal vez si me hubieran dado la libertad de elegir el idioma con el que quería comunicarme con los profesores y alumnos, hubiera escogido el euskera, pero las cosas no funcionaban así.

En cuarto de EGB aproximadamente fue cuando me realizaron el test de inteligencia. Era el alumno más avanzado de mi clase y me aburría mucho con las explicaciones de los profesores. El tiempo que me sobraba en clase lo utilizaba en incordiar a los de mi alrededor y los profesores lo pasaban realmente mal para mantenerme quieto y callado en mi asiento. Por ese motivo, empezaron a buscar soluciones y razones. Esto último les llevo a la conclusión de que mi nivel era superior al de la clase y decidieron hacerme el test. Recuerdo que me ausentaba de ciertas clases para ir a la biblioteca de la ikastola, donde me esperaban 1 o 2 psicólogos con material didáctico para hacerme diferentes pruebas. Después de 2 o 3 semanas de pruebas, me diagnosticaron una inteligencia superior a la media (143). Hablaron con mis padres y les propusieron adelantarme un curso. Mis padres me lo consultaron a mi, y con solo ver mi reacción les basto para decirles a mis profesores que no, que yo quería seguir en clase junto a mis amigos.

En el ámbito de amistades, siempre tuve unos cuantos amigos íntimos y alguna que otra chica que me gustaba, pero los amores a esas tempranas edades no cuentan como tales, más bien son una especie de dudas que tienen los niños acerca de esos sentimientos tan complicados de entender. De todos modos, si es cierto que durante los dos últimos años de EGB me gusto una chica a la que nunca le confesé mis sentimientos por vergüenza, aunque sospecho que ella ya lo sabía. Esas cosas se notan rápidamente en un chico de 12 años. Después coges un poco de experiencia y aprendes a ocultarlo mejor.

A parte de la Ikastola, asistía a clases de inglés en una academia. Mi nivel de inglés en 6º de EGB era el que alcanzaría después en 1º de bachillerato aproximadamente, la diferencia era abismal. Esto era bastante habitual en todo aquel que iba a algún tipo de academia, pero no hasta tal punto. La explicación era que al igual que hicieron con mi hermano, mis padres decidieron meterme desde pequeño en 2 cursos más avanzados en la academia de los que me corresponderían para mi edad. Me costó coger el ritmo y acostumbrarme a estar con gente más mayor que yo en clase, pero lo conseguí, y es algo que tengo que agradecer ya que me ha dado bastante ventaja con el inglés en toda mi vida.

Respecto al taekwondo, empece a los 4 años, en Pozokoetxe. Mi profesor allí, era un alumno del que después sería mi verdadero profesor de taekwondo, aunque yo no supe eso hasta varios años después. Mis padres nos apuntaron a mí y a mi hermano a taekwondo como una actividad extraescolar que se hacía en el propio colegio. Sin embargo, cuando Pozokoetxe se convirtió en Arizko Ikastola, mi hermano y yo tuvimos que buscarnos un sitio donde seguir practicando este deporte, ya que dejo de ser una actividad extraescolar del colegio. Nos apuntamos al gimnasio The Masters de Basauri.

Mi nuevo profesor se llamaba Juan Solís y era subcampeón olímpico en las olimpiadas de Barcelona ’92. El nivel de mis nuevos compañeros era mucho mayor que el de los anteriores. De repente me encontraba al lado de medallistas en campeonatos mundiales, europeos y nacionales. Yo apenas tenía 7 años y para mí el taekwondo en aquella época era básicamente una manera divertida de pasar las horas libres que tenia por la tarde. Mi único aliciente en aquel entonces era ir pasando de cinturones.

De todos modos, mi entrenador me vio cualidades para ser un buen competidor, por lo que decidió empezar a enseñarme cosas nuevas, para llegar algún día a participar en el campeonato de Euskadi. A mi todo eso me parecía que me venia muy grande, pero le hice caso. Aumente mi ritmo de entrenamientos y me toco quedarme a entrenar más de un sábado por la mañana. Me empecé a dar cuenta de que el profesor era muy exigente, y a veces incluso excesivamente duro con los alumnos.

Empecé a hacerme amigo de los alumnos avanzados de mi edad del gimnasio, y me di cuenta que había dos tipos de personas que hacían taekwondo. Por un lado estaban los que se apuntaban porque sus padres les obligaban o porque no tenían nada mejor que hacer que probar una actividad nueva. Llegaban allí, jugaban un poco, se hacían los remolones a la hora de hacer estiramientos y se escaqueaban siempre que podían en clase. Nuestro entrenador les dejaba hacer lo que quisieran siempre y cuando no molestaran demasiado.

Por otro lado estaba el grupo en el que yo me había empezado a integrar. Entrenabamos las mismas horas que los anteriores y también los sabados por la mañana varias horas. Además, algunos de estos estaban empezando con otra modalidad del taekwondo, el combate. Y para ello, entrenaban también los viernes por la noche, con los mayores. A mi me parecía una barbaridad todo eso. Mas tarde comprendería que aquello solo seria el principio de una nueva vida para mi.

Con el instituto se me abrieron nuevas puertas y empecé a pensar diferente. Supongo que es algo que le ha pasado a todo el mundo, pero en mi caso recuerdo perfectamente el gran cambio que note en mi vida ya desde el primer día. El hecho de llegar a un sitio nuevo, lleno de gente que no conoces y saber que vas a compartir con esas personas los próximos 6 años es algo que tiene unas consecuencias drásticas en tu comportamiento. La gente no te conoce y por lo tanto, empezara a cuajar una idea de ti en función de lo que vea de ese momento en adelante y aunque en el momento nunca nos paremos a pensarlo, nuestro comportamiento habitual cambia, tendemos a mejorar, o al menos a intentar hacer cosas que creemos que nos mejoraran. Mi comportamiento cambio totalmente. En el instituto seguí siendo aquel chico que se aburría en clase y que distraía a sus compañeros, eso era inevitable. Pero mis relaciones sociales cambiaron.

Hice nuevos amigos, y eso implica aprender muchas cosas nuevas. Hubo poca gente de Arizko Ikastola que fuera al instituto de Urbi, y los pocos que fueron, o eran poco amigos míos o como hice yo, empezaron de cero. Empezar de cero supone buscar nuevos amigos, nuevas relaciones con la gente. Creo que es lo mejor que se puede hacer al llegar al instituto, ya que es una inmejorable ocasión para conocer gente y no encerrarse en las anteriores amistades que puedas traer de tu anterior colegio.

Solo conserve la amistad de Jon Ander, un chico que casualmente ni siquiera era amigo mío de la ikastola, sino de haber coincidido en unas colonias durante dos años consecutivos en el mes de Agosto. Se puede decir que éramos muy amigos aunque solo nos conociéramos de dos meses. Compartíamos bastantes aficiones que habíamos practicado juntos en aquellos periodos en las colonias de verano, como por ejemplo el ajedrez, el futbol, el ping pong… Jon Ander era un chico muy tímido en aquel entonces, y yo se podría decir que todo lo contrario. Demasiado arrogante a veces. En mi opinión hacíamos una buena dupla de amigos. El sí que mantenía una buena cantidad de amigos de su antigua ikastola, ya que la mayoría de sus amigos de toda la vida estaban en el instituto y fueron mis nuevos compañeros de clase. Aquello me situaba en una situación un poco complicada ya que él era muy importante para mí y yo, tal vez, no lo era tanto para él.

Respecto a las chicas, tenía 10 o 12 nuevas chicas en clase en las que fijarme y si no recuerdo mal, mas de una era bastante guapa, pero al contrario que en la ikastola, nunca me llamo la atención ninguna de ellas.

El taekwondo cada vez ocupaba mas mi tiempo libre y por lo tanto mi atención también. Al contrario que muchos compañeros de clase, yo desvié un poco más mi vida personal hacia fuera del instituto y no hice amigos de los de verdad allí dentro. Mientras algunos de ellos dedicaban su tiempo a conocerse entre sí y hacerse sus propias cuadrillas, por decirlo de alguna manera, yo tenía las tardes completamente ocupadas entre la academia de ingles y el taekwondo, no me daba el tiempo para más.

Recuerdo que cada día de aquel año que paso, el año que curse 1º de la ESO, vi una persona menos en el parque de debajo de mi casa donde solía pasar el tiempo libre que me quedaba, generalmente los domingos, hasta que llego un día que me quede apoyado en una barandilla en un extremo del parque y me di cuenta de que todos aquellos “amigos” que tenía en el parque y que la mayoría habían empezado a ir al instituto a la vez que yo, habían hecho como mis compañeros de clase y se habían echado nuevos amigos en el instituto. No volvería a verles por allí jugando un partido de futbol en la persiana que domingo tras domingo llevábamos jugando al futbol desde hacía 6 años. Mi vida, en ese aspecto, había cambiado.

Me empecé a dar cuenta de que aunque no fuera mucho tiempo, había ratos en los que no sabía muy bien qué hacer. Me asomaba a la ventana y veía el parque completamente vacío, triste. No tenía sentido bajar allí y esperar sentado con mi balón en un columpio a que apareciera alguno de mis amigos del parque, no iban a venir.

Busque dos tipos de alternativa al parque. Una fue empezar a hacer más amistades con mis compañeros de taekwondo, que eran de mi edad o como mucho 2 años mayores. Y la otra fue dedicar mi tiempo a algún tipo de actividad dentro de casa. Y ese tiempo se lo llevó el ordenador. Empecé a pasar horas sentado en frente de aquella maquina que en aquel entonces no conocía todo el mundo tan bien como ahora. Internet era algo nuevo todavía y la gente no conocía la cantidad de usos que se le podían dar. Yo empecé a conocerlos poco a poco, investigando por mi cuenta y aprendiendo cositas que más tarde me iban a ayudar mucho.

En el aspecto académico todo siguió igual: clases monótonas que explicaban conceptos sencillos, distracciones y mal comportamiento. Además el instituto incluía un nuevo sistema de calificación en las asignaturas, según el cual el comportamiento era un tercio de la nota final de cada asignatura. Eso hizo que 1 mes antes de obtener cada boletín de notas mi comportamiento mejorara levemente para no llevarme una señora bronca por parte de mis padres al ver un suspenso en el comportamiento. Las notas en el 90% de los casos eran dos sobresalientes y un bien en comportamiento por asignatura. Lo cual hacia que la nota global de cada asignatura fuera notable y no sobresaliente. Excepto en las evaluaciones finales que los profesores hacían un poco oídos sordos al comportamiento y se mostraban generosos poniendo sobresalientes en las notas globales de cada asignatura.

Pasaron los dos primeros años de instituto y para entonces en taekwondo ya teníamos una especie de cuadrilla formada por los chavales de edad similar. Me lo pasaba genial con ellos, pero el problema era que cada uno éramos de un pueblo diferente, a pesar de ser la mayoría de Basauri, y todos tenían su respectiva cuadrilla de amigos. Todos excepto yo. Solo fuimos capaces de quedar en unas 5 ocasiones para pasar la tarde juntos en el cine, las piscinas o algún sitio similar. Eso sí, aquellas 5 tardes fueron las mejores que había pasado en mi vida.

Empecé a darme cuenta de que algo tenía que cambiar. Tenía que buscarme amigos, y si en el instituto ya todo el mundo tenía hecha su cuadrilla, tendría que buscarlos fuera de él. Y así lo hice, empecé a salir con unos chicos de taekwondo, todos de Basauri. Nuestro pasatiempo principal era ir a un Ciber-café de poca monta a jugar a videojuegos unos contra otros. Aunque al principio me pareció entretenido y una bonita manera de pasar la tarde, cuando pasaron unas semanas me empecé a dar cuenta de que lo que yo pensaba que sería cosa de dos tardes, se estaba prolongando demasiado. Yo me cansaba de estar en aquel ciber, y ellos no, había un problema. El resto de la gente pasaba las tardes en los parques comiendo pipas, jugando al futbol o simplemente salían por ahí con la novia a dar un paseo y nosotros nos dedicábamos a entrar a aquel antro hasta que anocheciera y volver a casa con los ojos como platos. Sentía que desaprovechaba mi tiempo, y más aun mi dinero…

Por no decir que en aquel antro se juntaban los mayores delincuentes de Basauri de mi edad. Aquello era un punto de tráfico de drogas y un sitio donde los chavales de 13-14 años se sentaban a fumar. La gente que andaba en aquel ciber eran los que nosotros llamábamos “Los mafiosos”. Grupos de chavales problemáticos que continuamente andaban metiéndose en problemas por pegar o vacilar a alguien o por hacer alguna gamberrada. Ahora pueden parecer cosas de adolescentes sin cabeza, pero en aquel entonces ese tipo de gente daba bastante miedo. No me gustaba nada el ambiente de aquel ciber a decir verdad…

En el taekwondo todo me iba sobre ruedas. Mis aptitudes físicas me facilitaban mucho las cosas y había empezado a hacer combate, la disciplina donde destacaría más adelante. Al ser delgado y alto, era mucho más fácil para mí ganar campeonatos porque en taekwondo las categorías aparte de por la edad, se rigen por el peso. Y los chavales de mi edad y mi peso, siempre eran unos 30cm más bajos que yo. ¿Que suponía eso? Que mientras ellos me podían dar una patada en la tripa que valía un punto, por el mismo esfuerzo yo les podía dar una en la cabeza, que valía dos puntos. Una ventaja inmensa…

Quede campeón de Euskadi cadete y fui al campeonato de España. Ya había ido a más de un campeonato de España, pero no de combate, sino de pumse. Tengo que admitir que los mejores fines de semana de mi vida, aun a fecha de hoy, los he pasado en campeonatos de España de taekwondo. Aquello era el paraíso. Un fin de semana en un hotel normalmente de 4 estrellas, lejos de tus padres (en alguna ciudad de España) con todo pagado y con todos tus amigos. Recuerdo noches interminables en las que hice diabluras como saltar de balcón a balcón como un loco sin tener en cuenta los peligros. Después en los polideportivos nos metíamos en salas de entrenamiento, robábamos bebidas energéticas, nos colábamos en sitios restringidos…. No sería capaz de acordarme ahora de la cantidad de cosas no permitidas que llegue a hacer en los campeonatos de España de diferentes años. Era el mayor desmadre que me podía permitir con aquella edad y lo aprovechaba al máximo.

Sin embargo, los campeonatos de España de comate eran un poco diferentes. Si, podías hacer el tonto todo lo que quisieras, pero con una condición: Al día siguiente tenias que pelear, y la cabeza que estaba en juego era la tuya. Eso hacía que te replantearas las cosas dos veces y que pensaras bien si te convenía dormir bien para estar despierto al día siguiente y mantener tus reflejos. Nunca llegue a hacer en un campeonato de combate lo que hacía en los de pumse.

En lo que se refiere a resultados, mi paso por el primer campeonato de España de combate fue un visto y no visto. Recuerdo pocas ocasiones en las que haya estado tan nervioso como en aquel campeonato. El chaval contra el que me toco pelear no era tan bajito, aunque seguía siendo bastante más bajo que yo, y yo salí muerto de miedo a competir. Me dieron una buena paliza, tenia tanto miedo que creo que no fui capaz de hacer un solo punto. Me dedicaba a moverme lo justo para que no me hicieran demasiado daño. Fue una decepción, ya que se esperaba bastante de mí e hice el ridículo por decirlo de alguna manera. Recibí una buena bronca en el gimnasio a la vuelta del campeonato.

El segundo campeonato de España al que fui, fue ese mismo año. Pero esta vez fue un campeonato Junior en vez de Cadete. Eso significaba que el límite de edad estaba en 16 años en vez de los 15 del campeonato Cadete. A pesar de ser un campeonato de categoría superior, mi actuación fue muy diferente. De todos modos, tuve mala suerte. Me toco competir en el primer combate contra el campeón de España del año anterior. Un catalán que era incluso más alto que yo, cosa que nunca me había pasado hasta entonces. Nada más ver con quien me tocaría competir, sabía que estaba eliminado del campeonato. Pero lejos de venirme abajo y hacer el ridículo como la vez anterior, saque algo de orgullo y hice un papel muy digno. Creo que perdí aquel combate por 7-5 y plantando una gran oposición al que por segundo año consecutivo se proclamaría campeón de España: Joel González (actualmente campeón del mundo absoluto). Aquel chico se llevo una gran impresión de mi, un rival al que todavía no conocía, y recuerdo sus palabras al terminar el último asalto “gran combate chaval, vas a llegar lejos”. Aquellas palabras me subieron mucho la moral y me dieron mucha confianza para el siguiente campeonato.

Hare un salto de 1 año en el tiempo, saltándome los demás aspectos de mi vida, para contar los 3 campeonatos a la vez.

Mi tercer y último campeonato de España de taekwondo fue un Cadete. Había participado ya en un montón de campeonatos a nivel provincial y regional de los cuales había ganado la mayoría. Había cogido mucha experiencia sobre el tatami y quería demostrarlo. Para llegar al campeonato de España había tenido que ganar en el de Euskadi a uno de mis amigos del gimnasio, uno de aquellos con los que iba al ciber todos los fines de semana. Fue un combate muy igualado, a pesar de que yo fuera muy confiado de que iba a ganarle sobradamente. Le gane por los pelos y gracias a una fuerte patada en la cara que le di cerca del final y por la que luego tuve que pedirle perdón.

Me prepare a fondo para el campeonato de España. Fui a correr todos los días desde un mes antes del campeonato para coger fondo físico e incluso me puse a dieta y fui a la sauna de vez en cuando para adelgazar los gramos que me sobraban y poder entrar en un peso en el que tendría alguna oportunidad de sacar una medalla en el campeonato de España. El campeonato se celebraba en Avilés (Asturias). Mis padres, mi hermano y Andrea fueron a verme hasta allí. Me mentalice de que mi objetivo era ganar al menos un combate, cosa que todavía no había hecho nunca en un campeonato de España, no me quería ir de vacio como en las ediciones anteriores.

Oí mi nombre en la megafonía y salí a competir sin ningún miedo, a comerme el mundo. Además, mi entrenador en la selección de Euskadi no pudo ponerse conmigo para darme consejos porque estaba ocupado con otro competidor, por lo que se puso mi hermano conmigo. Empezó el combate, y duro 30 segundos. Después de 4 patadas en la cara, el entrenador de mi rival dijo que se retiraban, había mucha diferencia entre yo y mi competidor y su entrenador, al darse cuenta, intento evitar que le hiciera daño de verdad. Yo ni siquiera me lo podía creer. Había hecho un KO y había ganado mi primer combate en un campeonato de España. Después de aquellos momentos de éxtasis, había que concentrarse para el próximo combate, el cual sería aun más difícil. Ya eran cuartos de final…

No tuve problemas en ningún combate. Creo recordar que gane 14-2 en el segundo combate, hice otro KO en semifinales y gane 8-1 la final del campeonato de España. Arrase literalmente y aun no lo podía creer estando en el pódium con la ikurriña en mi espalda y una copa, una medalla y un diploma agarrados en las manos. Lo recuerdo como uno de los recuerdos más felices de mi vida. El seleccionador nacional vino a verme nada más bajar del pódium y me dijo que nos veríamos en el stage. Yo ni siquiera sabía lo que era aquello, pero me daba igual… Más tarde me enteraría.

Sobre mí

Sobre mí
Me llamo Asier Lorenzo y esta es mi vida. A los 14 años tuve meningitis y estuve muy cerca de morir, aquella experiencia cambió mi vida y me hizo pensar que tenía que contarla. Aquí la tienes, tan bien como soy capaz de explicártela.

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